jueves, 20 de febrero de 2014

EN BUSCA DE LA BIOLOGÍA IV


Reflexiones sobre la evolución (viene del post anterior)

Sobre la “integración de sistemas complejos”

Como hemos visto, las críticas a las simplificaciones del darwinismo han existido
desde su origen, tanto desde el punto de vista científico como por su condición
ideológica. Pero en los últimos años la acumulación de información, tanto del registro
fósil, cada día más conocido, como de los fenómenos desvelados por la capacidad de
observación de que nos han dotado los progresos en la tecnología han añadido una
verdadera multitud de datos reales, verificables, para apoyar estas críticas, y han
conducido a algunos científicos a proponer la necesidad de un nuevo modelo evolutivo.
Como creo que podría parecer una insolencia (y posiblemente lo sea) hacer una crítica
de propuestas alternativas procedentes de científicos infinitamente más conocidos y
prestigiosos que el que esto escribe, y también puede parecer injusto (y quizás también
lo sea) criticar intentos realizados con honestidad y la mejor intención, quisiera
justificar lo que sigue con el siguiente argumento: las alternativas que no estén
sólidamente apoyadas en datos reales pueden contribuir a aumentar la confusión y son
más susceptibles de descalificación por parte de los defensores de la teoría dominante.
Por lo tanto, me limitaré a algunas sugerencias sobre las deficiencias que, en mi opinión
(es decir, totalmente discutible), presentan como descripción de fenómenos biológicos
reales o como explicaciones del proceso evolutivo y que tal vez podrían ser solventadas
con una puesta en común si se contrastasen entre sí: Unos se presentan como modelos
puramente abstractos, que de algún modo describen la complejidad de los fenómenos
naturales pero sin referirse a datos o experimentos biológicos concretos. Otros, siguen la
tradición darvinista contraponiendo a los argumentos retóricos que la apoyan otros, también de tipo retórico, es decir, discutiendo conceptos o creando otros supuestamente
nuevos pero, igualmente, sin datos experimentales que los sustenten. La mayoría
comparten muchas de las confusiones que hemos mencionado en el apartado anterior y,
finalmente, algunos cuyas propuestas tienden a alejarse de la corriente convencional,
prudentemente (y seguro que con sobrados motivos), no se atreven a dar el peligroso
paso de “abjurar” del darwinismo (es decir, son alternativas “parciales”) ante el riesgo
de perder, posiblemente entre otras cosas, su reconocimiento profesional. En el caso de
que esta sea la causa, como no se puede perder lo que, al parecer, no se tiene, me he
podido permitir dar este peligroso paso.
Antes de volver a exponer, una vez más, los argumentos generales de esta propuesta,
(de este “esbozo” de propuesta), quisiera insistir, también una vez más, en que creo
sinceramente que nadie se puede considerar propietario de una idea científica. En
primer lugar porque las ideas no tienen dueño, y menos las científicas que, en su origen
eran para compartir y debatir con toda la comunidad científica y para beneficio de toda
la Humanidad. Pero, en segundo lugar, porque todas las ideas científicas, incluidas las
que puedan parecer más originales, están basadas en el trabajo de otros, contemporáneos
o antecesores, sin el cual no se podrían haber formulado. No se podrían haber planteado
las preguntas ni imaginado las respuestas. Y seguramente, así ha sido desde que la
Ciencia existe como tal. Sólo se pueden considerar “teorías” originales cuando son
“ocurrencias”, sin base científica y, por tanto sin ideas u observaciones científicas sobre
las que apoyarse, como la idea de que los “genes” son egoístas y competitivos, o que la
Naturaleza selecciona los seres vivos de la misma forma que los ganaderos seleccionan
ganado. Lo que he pretendido plantear es el bosquejo de un trabajo que, tampoco me
cansaré de insistir, debería ser afrontado por equipos formados por especialistas de las
distintas disciplinas, el de poner en común la enorme masa de información acumulada
en los últimos años para elaborar una verdadera base teórica que relacionase todos ellos
coherentemente, científicamente, pero sin olvidar muchas de las brillantes propuestas de
científicos que nos han precedido y que pueden proporcionar el soporte para esa tarea.
Una labor que, en este caso se apoya sobre los hombros de Lamarck, con su visión
vitalista de la Naturaleza retomada por Steele y Jablonka, Arrhenius, con su idea de la
panspermia retomada por Hoyle, Merezkovsky, y la simbiogénesis retomada por
Margulis, Goldschmidt con sus “monstruos esperanzados” y el saltacionismo del
proceso de especiación retomado por Gould y Eldredge… El problema de esta
“protopropuesta”, que asumo sin ambages, es que, cuando a las inevitables limitaciones
de afrontar esta labor de una forma individual se unen las limitaciones personales, la
visión que se obtiene es posiblemente superficial y seguramente incompleta.
 No voy a repetir aquí los argumentos y contraargumentos y las referencias
bibliográficas que ya han sido expuestas en otras ocasiones, a veces, en exceso (ver, por
ejemplo, “La transformación de la evolución”, 2005). Lo que propongo en este caso es
una reflexión sobre el significado de los datos y fenómenos reales, científicamente
verificables, que ya hemos expuesto y sus posibles implicaciones en los problemas
planteados inicialmente.
Comencemos por el principio, es decir, por el origen de la vida en la Tierra, que se
puede admitir como el hecho de mayor calado y el más significativo para la
comprensión de la vida. Los datos de que disponemos (insisto: datos reales), son los de
la existencia de bacterias, es más, de comunidades bacterianas con toda su complejidad
(Allwood, A. C. et al., 2006), incluso antes de que la Tierra acabase de formarse. Y aquí me permito llamar la atención sobre otra confusión: Todos los conceptos relativos al
origen de la vida como un proceso gradual y al azar, muchos de los cuales figuran en
textos científicos como algo “científicamente demostrado” (la “sopa prebiótica”, el
“mundo ARN”, LUCA, Urbilateria, por no hablar de los “replicadores” del “Gen
egoísta”), son (¿sorprendentemente?) inventados. Se trata de hipótesis emitidas por sus
autores como “una posibilidad”, sin ninguna base empírica (“cómo ha debido de ser”),
pero que, con el tiempo y la necesidad de una explicación, han pasado a ser
confusamente consideradas como reales. ¿No resulta desasosegante para un científico
pensar que la base científica de su disciplina se sustenta sobre hechos inexistentes?
 Volvamos, pues, a las bacterias. Los datos que se han obtenido de las rocas más
antiguas de la Tierra muestran “ecosistemas bacterianos complejos”. Esto, junto con
consideraciones sobre la inviabilidad ecológica de la existencia de un solo tipo de
bacteria (Guerrero, R. et al., 2002), hace pensar que tuvieron que “aparecer” así en la
Tierra. Desde luego, las sorprendente y difícilmente explicables capacidades de las
bacterias como “adaptaciones al azar”, su capacidad para vivir en los hábitats más
extremos e inadecuados para la vida (se podría decir, innecesarios), desde el interior de
rocas hasta fumarolas submarinas, desde el interior de reactores nucleares hasta estériles
salinas, y su capacidad para “adaptarse” a condiciones “artificiales” a las que jamás han
estado expuestas en la Naturaleza hace esta explicación insostenible desde el punto de
vista convencional. Su inexplicable abanico de nutrientes, desde sustancias industriales
tóxicas hasta minerales escasos como titanio, les convierte en algo “especial” dentro de
los seres vivos. Pero esta condición especial se acentúa si tenemos en cuenta que su
actividad hizo posible la existencia de condiciones atmosféricas adecuadas para la
existencia de la vida. Y aún más: “hicieron” la vida. La agregación de bacterias como
base de la mayoría (es decir, no todas) de las estructuras de la célula eucariota es un
hecho comprobado, tanto desde el punto de vista morfológico como genético. Otro
aspecto de las bacterias que merece una atención especial es el referente a los llamados
“biofilms”. Su agrupación por millones de individuos, a veces de tipos diferentes, y sus
espectaculares respuestas coordinadas a distintas alteraciones o estímulos del medio han
llevado a la afirmación de que es un comportamiento inteligente (Webb, J. S., Michael
Givskov, M. y Kjelleberg, S., 2003;Ben Jacob, E. et al., 2005, Skapiro, J. A., 2007)
resultado de su “evolución” (otra confusión derivada de la vieja noción que identifica
evolución con “cambio en los genes” que lleva a hablar de “la evolución de las
bacterias” o incluso “la evolución de los virus”). Habría que pensar si lo que realmente
indica es que la inteligencia es una “propiedad emergente” de las interacciones
coordinadas entre células, como demuestran las respuestas “coherentes” de “genes”,
proteínas, tejidos y órganos en el funcionamiento de los organismos. Y también que,
muy probablemente ha podido ser así desde el principio de su existencia en la Tierra
(Allwood, A. C. et al., 2006). La enorme cantidad de bacterias en la Tierra (vivimos
literalmente inmersos en un mar de bacterias), su condición de imprescindibles para el
origen de la vida y para el funcionamiento de la vida misma en el interior y el exterior
de los animales, colaborando a la fijación de nitrógeno en las plantas, a las que hicieron
posible la colonización del medio terrestre, (una hipótesis que se ha podido comprobar
al constatar cómo, tras la retirada del hielo en un glaciar de los Andes, las cianobacterias
han creado las condiciones, mediante la fijación de nitrógeno, para la colonización del
estéril suelo por las plantas
(http://www.colorado.edu/news/r/578683be8d85cd4b9dff12272a0f6e8d.html)), han
hecho replantearse, por fin, su consideración de “microorganismos patógenos”, y llegar
a la conclusión (confiemos en que sea así) de que su carácter patógeno,extraordinariamente minoritario en relación con el número de tipos de bacterias
conocidas, y mucho más con el, aún mayor de desconocidas (Lozupone, C. A. y Knigh,
R., 2007) se produce cuando alguna “agresión” desestabiliza sus condiciones naturales.
Hay que decir que no se puede culpar a los científicos de la consideración inicial de las
bacterias como agentes exclusivamente patógenos, ya que su descubrimiento tuvo lugar,
precisamente, porque producían enfermedades lo que conducía a esa conclusión lógica.
Lo que resulta menos disculpable es que la concepción de la naturaleza como un campo
de batalla en el que todos son competidores ha conducido a aumentar las
“desestabilizaciones” de las condiciones naturales de la bacterias hasta el extremo de
que su reconocimiento como elementos “positivos” de la Naturaleza (no
suficientemente divulgado y todavía no reconocido por muchos, especialmente en el
campo de la medicina), tal vez llegue demasiado tarde. El alarmante aumento de la
resistencia de las bacterias “patogenizadas” a los antibióticos, producida por el uso
desmedido de éstos como medio de acabar con nuestros “enemigos”, se está
convirtiendo en un grave problema cuyas repercusiones finales ignoramos. Pero
recientemente, se ha comprobado (quizás también demasiado tarde) que los antibióticos
no son “competidores” de las bacterias, sino señales utilizadas por ellas para el control
poblacional (Davies, J., 2006) y en grandes dosis (en dosis anormales) son letales, es
decir, no son “armas” para la lucha contra las bacterias. Son un componente más de la
red de relaciones que une a todos los seres vivos.
Pero, en el imaginario popular y, al parecer, también en el de la mayor parte de los
científicos, hay otros “peligrosos enemigos” (como sabemos, determinadas
concepciones de “la realidad” necesitan enemigos para justificarse), que han sustituido a
las bacterias en las acusaciones de todo tipo de males: los virus. Vamos a olvidarnos de
las rocambolescas explicaciones sobre su origen en términos de “ADN egoísta” fugado
de las células eucariotas mediante una cápsida fabricada ingeniosamente por estos a
partir de genes inexistentes en las células, porque si esta explicación ya era pura ciencia
ficción en su origen, con los datos actuales se convierte en simplemente, absurda. La
inimaginable cantidad y variedad de virus (especialmente “fagos”) desconocidos en su
mayor parte (se asume que sólo se conoce un 10% de los existentes, pero es posible que
sean menos) ), la gran cantidad de “genes” no identificados con anterioridad en ningún
organismo encontrados en los virus, cuya función es desconocida y que se ha estimado
en un 80% del número de genes virales identificados (Villareal, 2004), la existencia de
“fagos” simultáneamente con las primeras arqueas (Woese, 2002 ), y las especialísimas
características de los virus, que en estado libre son inertes, hacen poco probable la idea
convencional de su “evolución” a partir de un antecesor común y mucho menos de un
origen celular. De hecho, La existencia de características específicas de los virus, como
algunas proteínas de las envolturas, genomas en forma de ARN y ARN polimerasas
especiales, sugiere, por el contrario, que al menos una parte de los virus no tiene el
mismo origen celular que sus células huésped”…/… La notable variedad de los virus y
su relativa simplicidad sugieren un origen polifilético: diferentes grupos de virus
habrían derivado independientemente a partir de diferentes orígenes. (Zillig y Arnold,
99). Es decir, cabe la posibilidad, fuertemente apoyada por los datos, de que los virus
“aparecieran” en la Tierra del mismo modo (y, posiblemente, al mismo tiempo) que las
bacterias. Dejaremos para más adelante la discusión sobre el significado y la
verosimilitud de esta posibilidad, para centrarnos en los datos que nos hablan de su
implicación en la evolución de la vida sobre la Tierra. Su consideración de “agentes infecciosos”, con el mismo origen que la de las
bacterias, es decir, condicionada por su “puesta en escena” en la Biología, ha conducido
a calificar a los “fagos” como “virus que infectan a las bacterias”. En realidad, se ha
comprobado que son vehículos de intercambio de información entre ellas (Ben Jacob, E.
et al., 2005) y precursores de los plásmidos, también esenciales en este fenómeno. Pero
los virus en general también han sido esenciales en otro de mayor significado: cuando,
anteriormente, mencionaba que la fusión de bacterias era responsable de “la mayoría”
de las características de la célula eucariota, lo que pretendía indicar es que existe una
considerable cantidad de complejos procesos y moléculas específicos de la célula
eucariota que no proceden de las bacterias y que son, necesariamente, de procedencia
viral. Muchos relacionados con la información genética, como mRNAs, cromosomas
lineales y la separación de la transcripción de la translación (Bell, 2001), polimerasas
((Villareal y DeFilippis, 2000), intrones (Fedorov et al., 2003), telómeros y telomerasas
(Schawalder et al., 2003) o con procesos relacionados con la división celular como la
meiosis (Livingstone, P. H., 2006) o de las proteínas mitocondriales de replicación y
transcripción (Shutt, T. E. y Gray, M. W., 2006) pero también muchas moléculas,
especialmente proteínas y enzimas, no existentes en las procariotas. La lista es ingente y
hace referencia a proteínas, tanto codificadas por virus, como procedentes de sus
cápsidas (glicosiltransferasas, priones, sincitinas) y ha sido ampliamente documentada
con anterioridad (ver “La transformación de la evolución”), aunque, como se aclaraba
en dicha exposición esta documentación se ha realizado, en la mayoría de los casos, en
base a los datos expuestos en los distintos trabajos, pero no en las interpretaciones de su
presencia habitualmente basadas en la concepción del ADN “egoísta”, según la cual,
estas moléculas habrían aparecido al azar en la célula eucariota y su presencia en los
virus estaría justificada porque éstos las habrían “secuestrado”, “imitado” o “saboteado”
(Markine-Goriaynoff et al., 2004). Merecería la pena detenerse a pensar sobre hechos
tan significativos como que la célula es la que “activa” a los virus (Cohen, J., 2008),
que en estado libre son inertes, que dispone de receptores para su penetración, que éstos
disponen de un mecanismo de inyección de ADN, que la célula aporta su “maquinaria
celular” para la actividad de los virus en su interior y que en los cromosomas eucariotas
existen “hot spots” (puntos donde los virus tienden a insertarse). No resulta absurdo
considerar que todo esto sea un proceso natural de incorporación y distribución de
información genética en sentido amplio, lo que incluye ADN, ARN y proteínas.
 Pero la, cada día más evidente, implicación de los virus en la construcción de la
vida no se limita a su “puesta en marcha”. Veamos algunas de sus contribuciones a la
creación de componentes del genoma fundamentales en la evolución. Los elementos
móviles y sus derivados constituyen una proporción de los genomas eucariotas que
trataremos de cuantificar posteriormente, pero cuyas actividades son reconocidas como
responsables de duplicaciones, transposiciones y deleciones, es decir, de cambios
trascendentales en la información genética. La supuesta explicación (más bien, “no
explicación”) de la existencia de elementos móviles basada en su condición de ADN
“egoísta” de origen desconocido y su consideración como precursores de los virus
mediante su “invención” de los genes necesarios para fabricar la cápsida ya ha sido
discutida y los expertos en virus asumen, cada día con más pruebas, su origen
independiente (Zillig y Arnold, 99; Woese, C., 2002), la presencia de una ingente
cantidad y variedad de virus en todos los ecosistemas (Kurt E. Williamson, K. E.,
Wommack, K. E. y Radosevich, M., 2003; Culley, A. I., Lang, A. S. y Suttle, C. A.,
2006) incluso asignándolos una condición de “reservorio de genes” (Goldenfeld, N, y
Woese, C., 2007) y “tejedores de genes” (Hamilton, G., 2006). Lo que resultadesconcertante es que cuando en los artículos sobre su actividad genética se ha
planteado la disyuntiva de si los elementos móviles provienen de virus o es a la inversa,
ambas alternativas se contemplan como probables (Flawell, A. J., 1999), sin definirse
por ninguna como si el significado de la una y la otra no fueran abismalmente distintos.
 Pero si asumimos lo que parece evidente, es decir, que en un sentido genérico, los
transposones deriven de virus y los retrotransposones de retrovirus, la contribución de
los virus a la construcción de los genomas ha sido, por fuerza, la absolutamente
mayoritaria (Britten, R.J., 2004). Repitamos los cálculos: Si hemos de creer los
resultados de la secuenciación de la fracción codificante de proteínas, que constituye el
1,5% del total del Genoma humano, además de 223 genes identificados como de origen
bacteriano (aunque posiblemente sean más), hasta el 50% de sus secuencias están
formadas por elementos móviles, por encima del 10% son virus endógenos y “Mucho
del restante ADN único debe también ser derivado de copias de antiguos elementos
transponibles que han divergido demasiado para ser reconocibles como tales” (THE
HUMAN GENOME SEQUENCING CONSORTIUM, 2001). En cuanto al restante 98,5%, es
decir, la fracción “no codificante”, que había permanecido fuera del foco de interés de
los genetistas por su consideración de “chatarra” o “basura” gracias a la “aportación” de
Richard Dawkins (Von Sternberg, R., 2002), se ha podido comprobar que no sólo es un
componente más de los genomas (que no hay “basura”), sino que es el componente
fundamental en la explicación de la variabilidad, la complejidad biológica (Mattick, J.S.
2003), en la comprensión de la evolución. Y cada día se descubre una nueva actividad
fundamental en los componentes de la supuesta “basura”, en este caso, y una vez más,
en el control del desarrollo embrionario (Prabhakar et al., 2008).
No parece que resulte muy difícil de asumir que los responsables de que exista tal
cantidad de secuencias repetidas son los retrotransposones y si hemos de buscar un
modo por el que estos, con sus especiales transcriptasas inversas han aparecido en los
genomas (Britten, R. J., 2004), llegamos a la conclusión, sorprendente pero coherente
con lo visto anteriormente, de que aproximadamente el 99% de los genomas es de
origen viral, es decir, que los genomas de los seres vivos, aunque sería más adecuado
hablar de “la información genética”, lo que incluye el total de los elementos que la
controlan, están constituidos por una agregación de genomas bacterianos y virales.
Si a esta condición de los genomas en sentido amplio le añadimos la inimaginable
abundancia y variabilidad de virus (se ha estimado que entre 10 y 25 veces más que
bacterias), en los medios marinos y terrestre y sus actividades absolutamente
imprescindibles en los ecosistemas (Williamson, K. E., Wommack, K. E. y Radosevich,
M., 2003; Suttle, C. A., 2005), nos encontramos con algo sobre lo que sería conveniente
detenernos a pensar: Que “nuestros peores competidores” son en realidad, las unidades
básicas de la vida. Que, junto con las bacterias, la han fundado y que la vida se sigue
desarrollando inmersa, interconectada y regulada por un mar de bacterias y virus. Pero
también, que, como desgraciadamente hemos podido comprobar, las bacterias y los
virus pueden pasar, cuando las circunstancias lo requieren (por ejemplo, si nos
empeñamos en ello), de su condición de constructores a la de destructores.
 También podría ser conveniente reflexionar sobre unos datos y unos argumentos
que nos indican que, posiblemente, su labor no ha terminado, porque sería no sólo un
hallazgo apasionante para la Ciencia, sino también una esperanza para la vida sobre la
Tierra. Recientemente, en un artículo publicado en la revista Nature (25-1-2007) bajo el
título “Biology next revolution” Nigel Goldenfeld y Carl Woese, dos de los mayores expertos mundiales en virus, no informan de que “La imagen emergente de los
microbios como colectivos intercambiadores de genes demanda una revisión de
conceptos como organismo, especie y la misma evolución. /…/ Igualmente apasionante
es la comprensión de que los virus tienen un papel fundamental en la biosfera, en un
sentido evolutivo tanto a largo como a corto plazo. Recientes trabajos sugieren que los
virus son un importante almacén y memoria de información genética de una
comunidad, contribuyendo a la dinámica y estabilidad evolutivas del sistema. /…/ Por
lo tanto, consideramos lamentable la concatenación convencional del nombre de
Darwin con la evolución, porque deben ser consideradas otras modalidades”. El
artículo de una página perdido en el mar de confusión que forman los
“descubrimientos” de aplicaciones de elementos móviles y virus para ingeniería
genética es sólo una muestra más de la larga lista de artículos y descubrimientos de gran
trascendencia ignorados o sepultados por el arrollador avance de la “biología de
mercado”.
Ahora, un breve puntualización: La denominación de la propuesta como
“Integración de sistemas complejos”, deriva de la observación de que estas
características de los componentes básicos de la vida, cuya aparición en la Tierra de
forma gradual es materialmente inexplicable, y la forma en que se integran
sucesivamente en entidades de mayor nivel de complejidad, se pueden enmarcar dentro
de la Teoría General de Sistemas (von Bertalanffy, K. L., 1976): Según ésta, un sistema
se define como un conjunto organizado de partes interactuantes e interdependientes que
se relacionan formando un todo unitario y complejo. Entre los distintos tipos de
sistemas, los seres vivos se ajustan a las características de los llamados "sistemas
organísmicos u homeostáticos" (capaces de ajustarse a los cambios externos e internos)
y están organizados en subsistemas que conforman un sistema de rango mayor
(macrosistema). Los sistemas complejos adaptativos son muy estables y no son
susceptibles a cambios en su organización, pero ante un desequilibrio suficientemente
grave, su respuesta es binaria: un colapso (derrumbe) catastrófico o un salto en el nivel
de complejidad (debido a su tendencia a generar patrones de comportamiento global).
Es decir: adaptación (ajuste al entorno) y evolución (cambio de organización)
constituyen procesos diferentes. Se podría decir, pues, que existe un modelo teórico, un
marco conceptual en el que inscribir la propuesta, pero considero que en el caso que nos
ocupa y dada la situación por la que atravesamos, resulta más apremiante la
comprensión de fenómenos concretos a partir de datos empíricos que la elaboración de
un modelo teórico abstracto y general, por lo que la denominación citada y su
adecuación resulta irrelevante para el problema que nos ocupa.
Llegados aquí, tal vez sea conveniente una mirada sobre un supuesto “punto
débil” de esta explicación del origen de la vida en la Terra. La idea de que la vida en la
Tierra proviene de “semillas” diseminadas por el Universo se puede remontar (al
menos, en la cultura occidental) a la Grecia clásica, y el filósofo Anaxágoras ya hablaba
de ello. Como ya hemos mencionado, fue el químico sueco Arrhenius el que acuñó el
término “panspermia” en 1908 para denominar este fenómeno, retomado posteriormente
por el astrónomo galés Alfred Hoyle (1982). Esta hipótesis ha sido rechazada
fervientemente por los más prestigiosos teóricos del darwinismo mediante dos
argumentos: que sólo cambia el problema de lugar y que el origen de la vida en la Tierra
“ya está explicado”. En cuanto al segundo, no merece la pena insistir en que está
“explicado” de forma gradual y al azar, mediante hipótesis inventadas y si ningún primero, sí creo conveniente reiterar que lo que cambia es el problema, porque es
totalmente diferente el significado (y las consecuencias) de que la vida sea un fenómeno
fortuito, de una extremada improbabilidad y único en la Tierra (además de resultar de
un “universocentrismo” penoso), a que la vida sea un fenómeno inherente al Universo,
que sea una propiedad más (aunque muy especial) de la materia como puedan ser los
metales o los gases, cuyas interacciones moleculares tienen sus propias reglas (“leyes”,
en la terminología convencional), y que la vida “germine” allí donde las condiciones
son adecuadas a sus características.
El argumento de que si no podemos precisar cuando y donde se formaron los
componentes de la vida por primera vez (que, insisto, al parecer, “ya está explicado”), la
hipótesis pierde credibilidad es, por decirlo de un modo suave, inconsistente, porque,
como siempre ha pasado en la Ciencia, las explicaciones nunca son completas. Son
aproximaciones al conocimiento de los fenómenos que se estudian y siempre hay que
reservar, como dice Mauricio Abdalla (2006), “un extra de humildad” para reconocer
que no podemos saber “todo” y esperar que nuevos descubrimientos (posiblemente
sorprendentes) o nuevos instrumentos nos permitan avanzar en el conocimiento. En
cualquier caso, también es posible que nunca lleguemos a saber exactamente cuando y
dónde se formó la vida, pero tenemos datos reales de su primera manifestación sobre la
Tierra. Disponemos de observaciones y de conocimientos de procesos verificables
experimentalmente que nos permitirán devolver a la Biología a su condición de Ciencia.
De construir una base teórica sustentada en hechos reales que se ajuste realmente a lo
sucedido en nuestro planeta desde su origen. De comprender que las propiedades de los
seres vivos, de su proceso evolutivo y de sus relaciones actuales entre sí y con el
entorno, dependen de las propiedades de sus componentes. Si las propiedades de los
metales, de los gases, de los líquidos dependen de interacciones atómicas y moleculares
concretas, verificables, ¿cómo se puede decir que las de los seres vivos, que comparten
con ellos las leyes de la física, la química y las matemáticas, pero que, además, son
capaces de “autoorganizarse” y “autogenerarse”, y responder coherentemente a los
estímulos del ambiente dependen del “azar”? Esto no hace sino convertir al la Biología
en una disciplina no susceptible de estudio científico, aunque, como sabemos sí de
manipulación (es decir, del llamado “tiro a boleo”). Porque la concepción de la vida
como un fenómeno producido “al azar” tiene mucho de justificación para perderle el
respeto que se merece. Para “someterla a esclavitud”. Para destruirla sin haberla llegado
a comprender.

 La transformación de la evolución

El método científico convencional, con sus limitaciones, que son mayores cuanto
más complejo es el fenómeno estudiado, consiste en llevar a cabo observaciones
empíricas y formular hipótesis que consigan interrelacionarlas por nexos demostrativos,
es decir, de una forma verificable. Es decir, no forma parte de la Ciencia explicar
realidades en base a proposiciones que se encuentran fuera de los límites empíricos,
porque a lo que conduce esta actitud es a pretender explicar continuamente “porqué no
vemos lo que deberíamos ver”.
Limitémonos, pues, a los datos empíricos y veamos, de una forma necesariamente
superficial, de qué forma pueden estar interconectados.
soporte empírico (es más, los datos reales indican su imposibilidad). En cuanto alprimero, sí creo conveniente reiterar que lo que cambia es el problema, porque es
totalmente diferente el significado (y las consecuencias) de que la vida sea un fenómeno
fortuito, de una extremada improbabilidad y único en la Tierra (además de resultar de
un “universocentrismo” penoso), a que la vida sea un fenómeno inherente al Universo,
que sea una propiedad más (aunque muy especial) de la materia como puedan ser los
metales o los gases, cuyas interacciones moleculares tienen sus propias reglas (“leyes”,
en la terminología convencional), y que la vida “germine” allí donde las condiciones
son adecuadas a sus características.
El argumento de que si no podemos precisar cuando y donde se formaron los
componentes de la vida por primera vez (que, insisto, al parecer, “ya está explicado”), la
hipótesis pierde credibilidad es, por decirlo de un modo suave, inconsistente, porque,
como siempre ha pasado en la Ciencia, las explicaciones nunca son completas. Son
aproximaciones al conocimiento de los fenómenos que se estudian y siempre hay que
reservar, como dice Mauricio Abdalla (2006), “un extra de humildad” para reconocer
que no podemos saber “todo” y esperar que nuevos descubrimientos (posiblemente
sorprendentes) o nuevos instrumentos nos permitan avanzar en el conocimiento. En
cualquier caso, también es posible que nunca lleguemos a saber exactamente cuando y
dónde se formó la vida, pero tenemos datos reales de su primera manifestación sobre la
Tierra. Disponemos de observaciones y de conocimientos de procesos verificables
experimentalmente que nos permitirán devolver a la Biología a su condición de Ciencia.
De construir una base teórica sustentada en hechos reales que se ajuste realmente a lo
sucedido en nuestro planeta desde su origen. De comprender que las propiedades de los
seres vivos, de su proceso evolutivo y de sus relaciones actuales entre sí y con el
entorno, dependen de las propiedades de sus componentes. Si las propiedades de los
metales, de los gases, de los líquidos dependen de interacciones atómicas y moleculares
concretas, verificables, ¿cómo se puede decir que las de los seres vivos, que comparten
con ellos las leyes de la física, la química y las matemáticas, pero que, además, son
capaces de “autoorganizarse” y “autogenerarse”, y responder coherentemente a los
estímulos del ambiente dependen del “azar”? Esto no hace sino convertir al la Biología
en una disciplina no susceptible de estudio científico, aunque, como sabemos sí de
manipulación (es decir, del llamado “tiro a boleo”). Porque la concepción de la vida
como un fenómeno producido “al azar” tiene mucho de justificación para perderle el
respeto que se merece. Para “someterla a esclavitud”. Para destruirla sin haberla llegado
a comprender.
 La transformación de la evolución
El método científico convencional, con sus limitaciones, que son mayores cuanto
más complejo es el fenómeno estudiado, consiste en llevar a cabo observaciones
empíricas y formular hipótesis que consigan interrelacionarlas por nexos demostrativos,
es decir, de una forma verificable. Es decir, no forma parte de la Ciencia explicar
realidades en base a proposiciones que se encuentran fuera de los límites empíricos,
porque a lo que conduce esta actitud es a pretender explicar continuamente “porqué no
vemos lo que deberíamos ver”.
Limitémonos, pues, a los datos empíricos y veamos, de una forma necesariamente
superficial, de qué forma pueden estar interconectados.Lo datos que se pueden considerar el punto de partida para comprender la
evolución de la vida y la prueba de que esta ha cambiado con el tiempo, son los
procedentes del estudio del registro fósil. Los conocimientos, cada día más profundos
rigurosos y abundantes, sobre las formas de vida en los diferentes estratos geológicos no
han llevado a disponer de una visión, si bien no “completa”, sí representativa (Benton,
M. J. et al., 2000)) de los fenómenos evolutivos. La presencia de procariotas en la Era
Arcaica, cuando la Tierra aún no se había acabado de formar, es un hecho verificable.
También, que en Paleoproterozoico, hace unos 1600 millones de años, ya existían las
eucariotas y que, a partir de su existencia, las “apariciones” en el registro fósil de los
organismos multicelulares, primero en el período Vendiano y, posteriormente, y sin
conexión directa evidente, en el Cámbrico, se han producido de una manera, poco
menos que “repentina” (Morris, 2000). (Haremos referencia, en este caso, sólo a la
evolución animal. Para una revisión de la evolución vegetal, ver Moreno, 2002). A
partir de estos estratos, lo que se observa realmente son grandes cambios de
organización y aparición súbita de nuevas morfologías coincidiendo, de una forma más
o menos ajustada, con los comienzos de los distintos períodos geológicos, a los que han
dado nombre sus faunas distintivas (Schindewolf, 1993; Kemp, T. S., 1999). En los
estratos correspondientes a cada período se puede comprobar la existencia de cambios
menores de organización así como posibles especiaciones sin cambios morfológicos
significativos y siempre siguiendo la pauta de los “equilibrios puntuados” (Williamson,
P. G., 1983; Kerr, R. A., 1995), es decir, cambios bruscos y permanencia en “estasis”
durante períodos variables, pero prolongados.
 Veamos, ahora, evidencias experimentales que nos pueden explicar estas
observaciones. Hace tiempo que para los expertos en embriología era evidente que las
características del desarrollo embrionario como un sistema jerarquizado e
interconectado hacía imposible que los cambios de organización se produjeran mediante
la acumulación de pequeños cambios en caracteres superficiales (Devillers, Ch. y
Charline, J., 93; Gilbert,, S. F. et al., 96), pero ahora son observaciones empíricas las
que dan la razón a estos argumentos: La forma en que los complejos Homeóticos
controlan simultáneamente distintos aspectos interrelacionados durante el desarrollo
embrionario nos explican complejos cambios de organización difícilmente explicables
como sucesos independientes, por ejemplo, el control simultáneo del sistema urogenital
y las extremidades necesario para el paso del medio marino al terrestre (Kondo, T. et al.,
1997), o la transición de la organización miriápodo a exápodo (Ronshaugen, M. et al.,
2002). Las investigaciones en el reciente campo de la Evo-Devo (evolución y
desarrollo) arrojan datos, cada día más significativos en este aspecto (Hall, B. K., 2003),
pero quisiera destacar unos de un interés especial, porque representa lo que puede ser la
aproximación experimental más ajustada a las observaciones del registro fósil: en el
artículo “Gene regulatory networks and the evolution of animal body plans ” (Davidson,
E. H. y Erwin, D. H., 2006) se nos informa de la existencia de tres tipos fundamentales
de “redes” en el control del desarrollo embrionario: la primera constituye lo que los
autores denominan kernels (semillas) que controlan las características de la
morfogénesis a nivel de Phylum o Superphylum, el segundo, controla la elaboración de
patrones morfológicos, y las alteraciones en distintos niveles el despliegue de sus
conexiones y el funcionamiento de sus “interruptores” origina cambios de Clase, Orden
y Familia, y finalmente, las alteraciones en baterías de genes y su despliegue serían las
responsables de la especiación. Esto nos lleva a recordar la famosa polémica levantada
por la honesta afirmación de R. Goldschmidt (1940 ), derivada de sus observaciones,
sobre la necesidad de que los cambios necesarios para que se produjese la especiación habrían de ser, necesariamente, mediante “macromutaciones” de efecto instantáneo con
consecuencias visibles sobre la variabilidad de los individuos. La reacción de sus
colegas “ortodoxos” fue cruel, calificando burlonamente a los resultados de tales
cambios “monstruos sin esperanza” o “monstruos esperanzados”. Sin embargo, estos
datos reales nos obligan a buscar un proceso también real, existente, que relacione estas
observaciones con las procedentes del registro fósil.
Como hemos visto, los conocimientos sobre las complejas características de la
información genética y la composición y origen de los genomas nos hablan de la
imposibilidad de que estas complejas redes de información puedan cambiar de un modo
gradual (y menos “al azar”). Esto implica la necesidad de la existencia de algún proceso
que haga posible que nuevas características, a su vez, de gran complejidad y
necesariamente interrelacionadas, se incorporen a las anteriores redes de información.
Veamos un ejemplo como ilustración de estos argumentos: la transición de la
organización reptil a la de mamífero requiere, en el desarrollo embrionario, la
incorporación de gran cantidad de características “nuevas” que están estrechamente
interrelacionadas entre sí (las unas sin las otras no tendrían sentido). La existencia de un
retrovirus endógeno, denominado ERV-3, implicado en la morfogénesis de la placenta
(Mi et al., 2000), en la formación del sincitiotrofoblasto (Venables et al., 1995; Muir et
al., 2004) y en la inmunodepresión materna (Harris, 1998) nos informa (entre otras
cosas que veremos más adelante) de la existencia de un proceso por el que estas nuevas
características se pueden “integrar” en la red genética previa en forma de “subsistema”,
como parte de un proceso de cambio de organización que, necesariamente, ha de tener
otros componentes. Los datos sobre la “incorporación” de nuevas secuencias
relacionados con cambios trascendentales en la evolución son cada día más abundantes
(Pierce, S. K. et al., 2003). También las relacionadas translocaciones y reorganizaciones
genómicas relacionadas con los transposones (Loning, W. W. y Shaedler, H., 2003) y
con repeticiones de secuencias génicas, parciales o “extensivas” (Gu et al., 2002;
McLisaght et al., 2002), de evidente origen en los retrotransposones y también
originarias de las sucesivas duplicaciones de los genes Hox (Wagner, G. P. et al., 2003;
García-Fernández, J., 2005)
 Por lo tanto, tememos una explicación de cómo se pueden producir, de un modo
simultáneo y en un gran número de individuos, los “monstruos esperanzados”: mediante
la integración de virus en los genomas. En lo que respecta a cómo las remodelaciones y
duplicaciones genómicas se pueden producir simultáneamente en un número suficiente
de individuos para que la población resultante sea viable, numerosos estudios han
mostrado experimentalmente, mediante la activación por provocación de distintas
formas de estrés ambiental (radiaciones, excesos o defectos de determinados nutrientes,
sustancias químicas…), la existencia de lo que se denomina “hot spots”, es decir puntos
de los genomas donde tienden a insertarse con más frecuencia los elementos móviles o a
producirse las duplicaciones (Loning, W. W. y Shaedler, H., 2003). Lo que hace pensar
que, en condiciones naturales, esta frecuencia puede ser aún mayor. Esto a llevado a los
citados autores a considerar la existencia de “una variabilidad predeterminada” en la
organización animal, es decir, los cambios estarían condicionados o limitados por algún
tipo de reglas (“leyes”, en la terminología convencional). Incluso, podemos disponer de
nuevos datos que nos hablan de algunas otras de las “regularidades” que buscábamos:
recientemente (Weitz, J. S. et al., 2008) se ha podido conocer una pista sobre cuando los
virus “deciden”, en la terminología de los autores, cuando se integran en el cromosoma
(fase “lisogénica”) o cuando destruyen la célula (fase “lítica”). En un estudio realizadoen fagos, han podido comprobar que la tendencia a utilizar la maquinaria celular para
hacer copias de sí mismos, lo que acaba por destruir la célula, se produce cuando es un
solo virus el que “infecta” la célula. La integración tiene lugar cuando son varios los
virus que penetran.
 Se podría decir que sólo nos falta una conexión para integrar todos estos datos
con las observaciones del registro fósil: Los factores desencadenantes de estos procesos.
Y también los hay. Como es conocido, a lo largo de la existencia de la vida en la Tierra,
se han producido grandes extinciones asociadas a catástrofes ambientales de
dimensiones variables y seguidas de grandes “radiaciones” de nuevas morfologías
(Kemp, T. S., 1999). Para ilustrar las consecuencias de estos fenómenos, vamos a
referirnos al más reciente porque es del que disponemos de una información más clara y
abundante y citaremos, una vez más, la honesta descripción de la observación del
registro fósil por parte de un científico prestigioso y nada sospechoso de heterodoxia:
George Gaylord Simpson”: "El mas asombroso acontecimiento en la historia de la vida
sobre la Tierra, es el cambio que ocurrió del Mesozoico, edad de los reptiles, a la edad
de los mamíferos. Parece como si el telón hubiese caído repentinamente sobre un
escenario en el que todos los papeles habían sido desempeñados por los reptiles,
especialmente los dinosaurios, en un número enorme y con una variedad sorprendente,
y se hubiese vuelto a levantar inmediatamente para poner de manifiesto idéntica
escenografía, pero con un reparto enteramente distinto”. (Simpson et al., 57). La
catástrofe ecológica producida por la caída de un gran meteorito ha sido suficientemente
constatada. Pero hay más. Coincidiendo con esa catástrofe, se produjo una inversión de
los polos magnéticos terrestres (Erickson, 1992; Mazur, S. et al., 2005) que dejó a la
Tierra sometida a un intenso bombardeo de radiaciones solares. No parece necesario
insistir sobre las condiciones que activan, tanto las movilizaciones de los elementos
móviles, como las de los virus endógenos. El resultado es un fenómeno que desafía
nuestra capacidad de imaginación, pero que se ajusta, que puede explicar, de una forma
apoyada en datos existentes, las observaciones reales del registro fósil.
Parece necesario que los biólogos nos desprendamos de concepciones que 
pudiéramos denominar “populares” (como se “ve” en los dibujos animados) que han 
dominado la idea de la evolución. Entre otras cosas, porque no son biológicamente, es 
decir, en base a los procesos que conocemos, posibles. Tenemos que tomar conciencia 
de la enorme complejidad global del fenómeno que pretendemos estudiar 
científicamente. Si tenemos en cuenta los largos períodos de estasis por los que pasan 
las especies, es absurdo pretender que en un período geológico tan corto como el que 
representa el Paleoceno temprano, los mamíferos terrestres hayan vuelto al mar hasta 
convertirse, gradualmente, al azar y tras períodos de “estasis” más o menos largos, en 
ballenas y delfines, porque no hay tiempo para todo esto. Las morfologías animales no 
varían al azar, porque hay unos complejos de información genética llamados 
Homeoboxes que las controlan y hay procesos que explican la transición (la 
transformación) a la organización mamífero. Es decir, los cambios en los ecosistemas, 
por difíciles de “visualizar” que nos resulten (incluido el que esto escribe) son, como se 
ha observado en el registro fósil (Elredge, N, 1997; Beard, C., 2002), globales y 
simultáneos. También lo son, a menor escala, los cambios menores, como las 
especiaciones (Williamson, P. G., 1983; Kerr, R. A., 1995), producidos por estímulos 
de menor repercusión. 
En definitiva, hemos de asumir que la acumulación de información sobre los 
fenómenos biológicos nos sitúa frente a una Naturaleza infinitamente más bella, 
poderosa y coherente que la sórdida visión que nos “enseñó” la vieja mentalidad 
simplista, reduccionista, aleatoria y competitiva. Que la vida se desarrolla en medio de 
unas continuas y estrechas interacciones de los organismos entre sí y con el entorno, 
mediante el intercambio de información genética por transferencia horizontal de genes, 
para la cual también existen “hot spots”, es decir tendencias predeterminadas (Timakov 
et al., 2002; Medrano-Soto, et al., 2004), y mediante procesos de ajuste al entorno que 
producen una adaptaciones de una coherencia y eficacia extraordinarias. Que la vida se 
puede estudiar científicamente, que incluso se puede comprender. Y quizás así 
lleguemos a ser conscientes de que la Naturaleza es infinitamente más poderosa que 
nosotros. Que jamás la conseguiremos doblegar ni vivir al margen de ella. 
Pero también tenemos que detenernos a pensar sobre otra realidad que la 
Naturaleza ha puesto ante nuestros ojos. Vivimos literalmente inmersos en un mar de 
bacterias y virus. Sólo es necesario que consigamos provocar una catástrofe de 
suficientes dimensiones para desencadenar el siguiente paso. 

 Fuente:
Máximo Sandín
http://www.somosbacteriasyvirus.com/


martes, 18 de febrero de 2014

EN BUSCA DE LA BIOLOGÍA III

Reflexiones sobre la evolución (viene del post anterior)

Lo cierto es que el oportuno rebrote de la discusión entre creacionistas y
darwinistas y su entusiasta acogida por parte de estos últimos, ha sido el mayor refuerzo
que ha recibido el darwinismo en toda su historia. La “inteligente” estrategia de los
creacionistas (y su confusa variante del Diseño Inteligente), de rebatir la enormes
“lagunas” reales que presenta el darwinismo en la actualidad y recurrir a
descubrimientos y conceptos muy actuales, como la complejidad de la información
genética y de la elaboración de los organismos, la teoría de sistemas, las propiedades
emergentes, los “saltos” del registro fósil… hace que estén sentadas las condiciones
para que los darvinistas siembren sospechas sobre la condición de “creacionista
encubierto” de cualquier científico que utilice cualquiera de esos términos o
argumentos.

 La confusión está “creada”.

Pero esta falsa polémica, produce la impresión de ser el (con un poco de suerte) 
último recurso para intentar mantener una concepción de la vida apoyada por 150 años 
de explicaciones retóricas, la mayoría de ellas con un gran derroche de ingenio, de 
identificar el hecho de la evolución con la “teoría” darvinista, única posible y única 
existente, de “depuración” de las ideas de Darwin mediante la ocultación de las “menos 
adecuadas” o “políticamente incorrectas”. De ignorar o tergiversar a los precursores y 
silenciar voces disidentes, a veces, mediante métodos poco edificantes. Pero también, de 
desperdicio de inteligencias, que podrían haber realizado grandes aportaciones, por la 
manera en que han sido formadas y por el control sobre “las malas ideas”. De encauzar 
la investigación (y sus aplicaciones) por un camino descontrolado y “aleatorio”, dada la 
falta de una base realmente científica sobre la que trabajar. 
Uno de los argumentos más reiterativos utilizados para exaltar el darwinismo es 
que constituyó “una gran impulso” para la Biología. Cabría detenerse a recapacitar 
sobre la verosimilitud de la idea de que la ausencia de las ideas darvinistas habría 
impedido los descubrimientos científicos y los progresos tecnológicos que, 
inexorablemente, se han producido en los últimos años. Pero también cabría considerar 
si este impulso no la sacó del camino.

Retomando el camino

Resulta paradójico, casi se podría decir absurdo, que el éxtasis que, para un 
profano, produce contemplar la belleza y la armonía de la Naturaleza, resulte para un 
biólogo poco menos que un engaño, una superstición producto del desconocimiento. 
Porque, como “sabemos” los biólogos, detrás de esa “aparente” belleza hay una fea 
realidad. La investigación científica nos “revela” que los seres vivos, los animales, las 
plantas compiten implacablemente por sobrevivir, entre distintas especies, dentro de 
cada especie y hasta de la misma camada. En suma: una Naturaleza de dientes y garras 
tintas en sangre (se debería añadir “y de hojas y flores tintas en savia”). 
 Aunque la forma en cómo se concibe la Naturaleza tiene un evidente y estudiado 
componente cultural que se puede inscribir también en un contexto histórico que, en el 
caso que nos ocupa, es el período en el que coinciden la revolución industrial y con la 
máxima expansión colonial británica (cuyas consecuencias describe claramente Darwin 
en “El origen del hombre”), la actitud ante la Naturaleza, la impresión que ésta produce, 
tiene, por fuerza, un componente individual, derivado de la propia personalidad y del 
conocimiento y la relación que se ha tenido con ella. Se podría acudir al origen, al 
“autor” de la transformación de esta truculenta concepción en explicación científica, 
para comprender este componente individual, es decir, cual puede ser la impresión de 
una persona habituada a un entorno extremadamente domesticado y de carácter 
pusilánime e hipocondríaco (Darwin, Ch. R., 1876), ante la observación de la 
Naturaleza “salvaje” y compararla, por ejemplo, con la concepción acogedora y 
generosa que de ella tiene un indígena de la Amazonia o un poblador de cualquier otra 
selva tropical. Cabría esperar que la visión de los biólogos debería estar más próxima de 
la de estos últimos, de los que de verdad la conocen, y resulta descorazonador, si nos 
detenemos a pensar sobre ello, que la concepción que se ha convertido en científica, la 
que nos han “enseñado” a los biólogos, sea la de una persona que contempla la 
naturaleza desde fuera, como algo hostil y ajeno. La idea de una Naturaleza en la que 
cada cual tiene su sitio, en la que todos sus componentes son necesarios y en la que 
unos necesitan de otros para existir resulta para los darwinistas, por algún motivo digno 
de estudio, un “enigma”. Veamos un ejemplo de investigación publicado en una revista 
científica “de alto impacto”sobre las explicaciones “biológicas” de la existencia de 
cooperación: The emergence and maintenance of cooperation by natural selection is an 
enduring conundrum in evolutionary biology, which has been studied using a variety of 
game theoretical models inspired by different biological situations. The most widely 
studied games are the Prisoner's Dilemma, the Snowdrift game and by-product 
mutualism for pairwise interactions, as well as Public Goods games in larger groups of 
interacting individuals. (Hauert, C.et al., 2006) 
 Aquí me parece oportuno un inciso para comentar uno de los tópicos que 
determinan la investigación (y la carrera profesional) de los biólogos. Al parecer “el 
inglés es el idioma científico, y lo que no está publicado en inglés, no existe”. Sin 
embargo, se pueden ver abundantes artículos del tenor del comentado y aún más 
absurdos, (Evolution: The good, the bad and the lonely. Michor y Nowak, 2002) hasta 
el extremo de resultar ridículos para una persona razonable, publicados en las revistas 
más importantes del ámbito anglosajón. Unos artículos que, probablemente, harían que 
el editor de alguna de las, al parecer, minusvaloradas revistas de lengua hispana 
recomendase al autor una visita al psicólogo. Porque, si los biólogos, las personas que 
tienen esta concepción científica de la realidad actuasen consecuentemente en sus
 actividades habituales, su vida (y las de los que les rodeasen) debería de ser un 
verdadero infierno. Sin embargo, parece más que probable que sus vidas transcurran 
totalmente al margen de sus ideas científicas, incluso que sean personas generosas y 
solidarias (una especie de “mutantes”, según su base teórica) y que se limiten a trabajar 
sobre conceptos que se repiten mecánicamente sin detenerse a pensar muy 
profundamente sobre sus implicaciones. 
Y la muestra más espectacular (dramática) de esta repetición sistemática de 
concepciones superficiales y al margen de la realidad es la que constituye el 
“experimento” de la Biston betularia, el “icono de la evolución”. Su presencia en los 
libros de texto, en las clases de la universidad y en las páginas web de prestigiosas 
universidades, como introducción a “la evolución”, constituye una muestra más de 
cómo se pueden ajustar los datos a la teoría y de lo superficiales e inconsistentes que 
son sus pretendidas explicaciones sobre la evolución dirigida por la actuación de la 
selección natural. Comencemos por esto último: Supuestamente, el hecho de que las 
polillas del abedul tengan una variabilidad cromática que va desde el casi blanco a casi 
negro habría hecho que, ante el oscurecimiento, causado por la contaminación 
industrial, de los troncos de abedules, donde, también supuestamente, descansan 
habitualmente, hizo, según “observó” Kettlewell, que las polillas más claras fueran más 
visibles para sus pájaros depredadores, con lo que la población de polillas observadas 
(en un punto geográfico concreto de Inglaterra) pasó a ser mayoritariamente oscura. 
Esta sería la prueba más patente del “poder creativo” de la selección natural en el 
cambio evolutivo que, “con el tiempo” podría llegar a ser muy grande. Pero se olvida 
mencionar, por una parte, que las polillas supervivientes ya existían antes de la 
“selección”, absolutamente idénticas y por otra, que, por mucho que se repitiera el 
proceso, aunque fuera para otro supuesto carácter, las que sobrevivieran serían algunas 
de las existentes previamente, es decir, polillas. La narración se completa, a veces 
(Ayala, 1999), con el colofón de que, cuando se llevaron a cabo medidas contra la 
contaminación, las proporciones de polillas de los distintos matices pasaron a ser los 
“originales”, lo que convierte la supuesta prueba de la evolución en absurda. 
 Sin embargo, hace tiempo que existían sospechas sobre las pretendidas 
observaciones de Kettlewell. Las densidades de población de polillas del abedul en los 
bosques no son, ni mucho menos tan altas como figuran en las fotografías con que éste 
ilustró su “experimento”, lo que hizo pensar que lo había falsificado fijando polillas a 
los troncos con alfileres (Chauvin, 2000). Posteriormente, los entomólogos han 
realizado estudios exhaustivos sobre las polillas del abedul que han llevado a la 
conclusión de que, efectivamente sus densidades no son ni remotamente parecidas a las 
que se observan en las fotografías, pero, sobre todo, que no descansan en los tronco 
(Wells, 1999) salvo en, quizás, un 0,001% de las observaciones (Wolf-Ekkehard, 2003), 
sino en zonas no expuestas entre las copas de los árboles, por lo que los textos de 
biología y evolución deben ser revisados en el tema de la polilla moteada. Lo penoso de 
este caso es que incluso es posible que Kettlewell no pretendiese engañar a sus colegas. 
Se puede llegar a pensar que, al estar tan convencido de cómo tenía que ser, “ilustró” su 
convicción mediante un pequeño truco. Esto, naturalmente, no ha hecho que se elimine 
el “experimento” de los textos mencionados porque, ¿qué otra prueba visible de la 
actuación de la selección natural podrían poner en su lugar? 
En definitiva, y visto hasta dónde puede llevar la práctica de interpretar la 
Naturaleza en función de unas creencias previas, puede ser conveniente intentar un
 pequeño esfuerzo por “volver al camino”, por retomarlo donde quedó hace 150 años. Se 
podrían mencionar un buen puñado de “precursores” con ideas muy brillantes (ver 
Galera 2002), pero un buen punto de partida, puede ser “Filosofía Zoológica”(1809), el 
primer tratado dedicado íntegramente al estudio científico de la evolución con la clara 
concepción de que éste estudio es el que dota de base científica a la Biología: Nadie 
ignora que toda ciencia debe tener su filosofía (teoría), y que sólo por este camino 
puede hacer progresos reales. En vano consumirán los naturalistas todo su tiempo en 
describir nuevas especies / ... / porque si la filosofía es olvidada, sus progresos 
resultarán sin realidad y la obra entera quedará imperfecta. 
Para los que tenemos conocimiento de lo desafortunado que fue el momento de la 
presentación de la obra del republicano Lamarck a Napoleón (Casinos, 1986), de su 
ingente obra científica y del desdichado final de ésta, cuya impresionante obra “Historia 
natural de los animales sin vértebras” tuvo que dictar a la hija que le cuidaba ya que, 
expulsado de la Universidad tras la Restauración borbónica, pasó los diez últimos años 
de su vida ciego y en la indigencia, nos entristece pensar dónde estaría la Biología 
actual si las condiciones para la acogida de su obra y las del recibimiento de la de 
Darwin no hubieran sido las que fueron. Pero también nos apenan otras 
consideraciones: la concepción más general de la perspectiva lamarckista, cuyos 
“mecanismos” biológicos se están comenzando a conocer después de 150 años de 
negación de su existencia y de obstrucción de su investigación, es la capacidad de 
respuesta de los organismos a las condiciones ambientales, es decir, la influencia del 
ambiente en las características fenotípicas de los seres vivos. ¿No es posible imaginar 
cuanto dolor, cuantas injusticias y cuantas brutalidades de nuestra Historia (incluida la 
actual) se podrían haber evitado si la “concepción científica” de las características de los 
individuos, los pueblos las naciones, grabadas en sus “genes”, no las hubiese dotado de, 
al menos, justificación? 
Pero esa es otra historia (o tal vez no), así pues, volvamos al camino. Lamarck 
entendía sus aportaciones como el resultado, susceptible de verificación por otros 
científicos, del estudio empírico de la Naturaleza: Habré conseguido el objetivo que me 
propongo, si los amantes de las ciencias naturales encuentran es esta obra algunos 
puntos de vista y algunos principios útiles, si las observaciones que he expuesto en ella 
se confirman o si son aprobadas por los que han tenido ocasión de ocuparse de estos 
mismos temas… Pero también era consciente de la dificultad que tienen las ideas 
científicas “nuevas” (es decir, lo que deben de ser, por definición, las ideas 
verdaderamente científicas) para ser aceptadas, sobre todo, cuando en la ciencia hay 
implicados otros “intereses”: Sin embargo, muchas de las consideraciones nuevas que 
son expuestas en esta obra, desde su inicio prevendrán desfavorablemente al lector, por 
el único motivo de que las ideas ya admitidas van a rechazar a las nuevas. Como este 
poder de las ideas viejas sobre las que aparecen por primera vez favorece esta 
prevención, sobre todo cuando interviene un interés menor, resulta que a las 
dificultades que ya existen para descubrir verdades nuevas estudiando la Naturaleza, se 
le añaden las aún mayores de hacerlas aceptar. La concepción verdaderamente 
científica de la esencia, del sentido de la investigación científica y las intuiciones sobre 
las consecuencias de la intervención de “un interés menor” en ésta, resultan 
asombrosamente actuales. Y también la mayor parte de sus aportaciones sobre lo que se 
puede considerar los descubrimientos más “modernos” con los que la terca realidad ha 
desbaratado las concepciones más asumidas por la Biología “convencional”.
 Porque si nos remitimos a lo expuesto anteriormente sobre los descubrimientos 
recientes sobre el control de la información genética, la concepción lamarckiana más 
general, la del organismo como entidad fundamental sobre la que el ambiente ejerce su 
influencia, podría haber sido un punto de partida, una predicción, que habría preparado 
a los biólogos para comprender fenómenos que todavía parecen asumidos a duras penas, 
cuando no malinterpretados de una forma retórica y artificiosa: Que las circunstancias 
ambientales condicionan, no sólo la expresión de la información genética (fenómenos 
epigenéticos, control del splicing alternativo, estrés genómico…), sino la dinámica del 
proceso de desarrollo embrionario (Lachman, M. y Jablonka, E., 1996; Workman, C. T., 
2006; Hall, B, K., 2003; Richards, E. J., 2006;M. Li, C. M. y Klevecz, R. R., 2006; 
Tamkun, 2007; Muse, G. W., et al., 2007). Que el equilibrio y no la competencia es el 
cimiento fundamental de los ecosistemas (Proulx, S., Promislow, D.E.L. y Phillips, P. 
C., 2005; Bascompte, J., Jordano, P. y Olesen, J. M. 2006). Pero, sobre todo, sus 
intuiciones, fruto de su extraordinaria capacidad de trabajo y de observación, 
anticiparon la tendencia de las formas orgánicas a una mayor complejidad (Varabasi y 
Oltvai, 2004; Bornholdt, S., 2005; Aderem, 2005), la existencia de unas “leyes” (es 
decir, no “el azar”) que gobiernan la variabilidad de los organismos (LÖNNIG, W.W. y 
SAEDLER, H. 2003; Flores, M, et al., 2007) y que la capacidad de estos cambios están, 
de alguna manera, inscritas en los organismos (Wagner, G. P., Amemiya, C. y Ruddle, 
F., 2003; García-Fernández, 2005; Mulley, 
J. F., Chiu, C-U, y Holland, P. W. H., 
2006). 
En cualquier caso, y a diferencia de Darwin, Lamarck no trajo al Mundo “La 
Verdad” (Dawkins, 1975; Arsuaga, 2001) porque, él, como científico, sabía que en 
Ciencia no existe “la verdad” (ya que ésta sólo puede ser fruto de una “Revelación”) y 
sólo hay verdades parciales o aproximaciones a la realidad (verdades desconocidas, en 
su terminología). Pero aportó suficientes aproximaciones a la verdad para hacer posible 
la elaboración, a partir de ellas, de una base teórica verdaderamente científica para la 
Biología. Una base teórica capaz de incorporar coherentemente (es decir, no 
forzadamente) los datos y los conocimientos reales de reciente descubrimiento.

 Algunas aclaraciones previas

La elaboración, o la propuesta de un modelo teórico capaz de interrelacionar de un 
modo coherente los datos procedentes del registro fósil con los conocimientos 
biológicos de que disponemos en la actualidad y de estos entre sí, ha de partir, 
necesariamente, de los datos actuales (y no a la inversa, como parece ser lo asumido). 
Pero antes de pasar a comentar (obligatoriamente, de un modo superficial) las 
principales características y el posible significado de esta propuesta (Sandín 1997), creo 
conveniente un preámbulo para hacer unas aclaraciones sobre dos aspectos que pueden 
dificultar su interpretación como modelo de inspiración lamarckista. 
El primero, atañe a la “adecuación” de todas las ideas de Lamarck a los datos 
actuales. Parece razonable pensar que esto sería extremadamente improbable (al 
contrario de lo que parece suceder en “la” teoría), porque los avances tecnológicos han 
hecho posible llegar a un nivel de profundidad en las observaciones absolutamente 
impensables en su época. Sin embargo, no es difícil dilucidar cuales de sus ideas no son 
sostenibles en la actualidad ya que, al estar formuladas de una manera clara y metódica, 
son susceptibles a una crítica científica.
El segundo resulta más complejo. Se trata de un intento de clarificación de algunas 
confusiones, muy arraigadas en la terminología evolutiva, creadas precisamente por la 
confusión con que está planteado el darwinismo, tanto en su formulación inicial, como, 
muy especialmente, en sus posteriores “interpretaciones”.
 En cuanto al primer aspecto, Lamarck tenía una concepción gradualista de la 
evolución (transformación, en su terminología). Concebía ésta como un proceso gradual 
de adaptación a las condiciones ambientales. Sin embargo, los datos, tanto del registro 
fósil (Benton, M.J.. Wills, M.A. y Hitchin, R. 2000; Schefer, M. et al., 2001; Prokoph, 
A., Fowler, A.D. y Patterson, R.T. 2000; Hunt, G., 2007) como los procedentes del 
estudio del proceso embrionario ( Hall, 2003; Davidson, E. H. y Erwin, D. H., 2006; 
Schaefer, C. B. et al., 2007) nos revelan la existencia de procesos de cambio brusco de 
organización de los organismos, lo que, por otra parte, hace más adecuado el término 
“transformación” (Artur, W., 2006) empleado por Lamarck para definir el proceso. En 
cualquier caso, se puede seguir considerando como válida la concepción general 
lamarckista de la implicación del ambiente en los cambios porque se ha puesto de manifiesto,tanto en los procesos de adaptación(Cropley, J. F. et al., 2006;Ferguson-
Smith, A. C. y Greally, J. M., 2007; Benetti , R. et al., 2007) como en los cambios de 
organización (Hall, 2003; Reik, W., 2007 ), aunque, lógicamente, él jamás hubiera 
podido imaginar la existencia de fenómenos epigenéticos, elementos móviles, 
duplicaciones y reorganizaciones genómicas, genes homeóticos, etc., y el concepto de“estrés genómico”. 
El segundo problema resulta más arduo de analizar, pero no sólo por la confusión 
antes mencionada, sino porque hay concepciones tan asumidas que parece inconcebible 
dudar de ellas y sólo lo puede hacer el que está movido pos “intenciones ocultas”. Unas 
sospechas que resultan absurdas, porque, precisamente, la práctica científica 
fundamental es buscar los puntos débiles de las teorías vigentes para mejorarlas o, en su 
caso, cambiarlas. Veamos, pues, algunos de ellos. 
 Quizás el concepto que, desde mi punto de vista, genera más confusión, porque de 
él derivan otras arrastradas por las simplificaciones de la teoría convencional es 
confundir “el origen de las especies” con la evolución. Esto parece tan arraigado que, 
incluso muchos científicos críticos con el darwinismo hablan de la evolución en estos 
términos. No quisiera parecer innecesariamente “pedagógico” para muchos, pero sí 
parece necesario repetirlo para algunos: El origen de las especies, que era de lo que 
(suponía que) hablaba Darwin, es la especiación (cuyas únicas evidencias 
experimentales es decir, no mediante cálculos matemáticos, indican que están 
implicados “saltos” de elementos móviles (Bergman, C. M. y Bensasson, D., 2007; 
Wessler, S., 2007) que hacen posible que el cambio se produzca simultáneamente en un 
número considerable de individuos. Según nos revela el registro fósil, las especiaciones 
se han producido infinidad de veces en los distintos taxones (tras los grandes cambios 
de organización) sin dejar de ser unas diversificaciones dentro de un patrón morfológico 
básico, pero no son el supuesto “inicio” de los cambios de organización, porque las 
diferentes especies que surgen así se mantienen sin cambios sustanciales en su 
organización durante toda su existencia. Repito mis excusas (y el ejemplo), pero las 
libélulas han sufrido cientos, tal vez miles de especiaciones desde su “aparición” en el 
Carbonífero, sin dejar de ser libélulas. Es decir, cuando hablamos de, o “demostramos” 
la especiación, no estamos hablando de evolución, sino de variabilidad dentro de un 
patrón morfológico.
Otra confusión arrastrada por la anterior y que, a su vez, la “retroalimenta”, es la 
identificación de adaptación con evolución (la evolución como un proceso de 
adaptación gradual al ambiente), por ejemplo los mosquitos evolucionan haciéndose 
resistentes a los insecticidas (Ayala, 1999). Ya sabemos que existe una variada gama 
de procesos biológicos mediante los que los organismos responden a las condiciones de 
su entorno, es decir, mediante los cuales se ajustan, “se aferran” al ambiente. Esto no 
puede ser un mecanismo de cambio evolutivo sino, en todo caso, lo contrario. Los 
“mecanismos” de ajuste al ambiente son totalmente diferentes en sus procesos y en su 
significado de los que producen los cambios de organización, aunque éstos también 
estén desencadenados, en última instancia, por alteraciones en las condiciones 
ambientales. 
Pero quizás, lo que resulta más desalentador para el intento de depurar los 
conceptos científicos que se utilizan para describir procesos biológicos, algunos de una 
importancia verdaderamente trascendental, es la terminología derivada de la concepción 
de la Naturaleza de la “vieja” visión: las calificaciones que reciben todo tipo de 
fenómenos muy significativos, con expresiones que van desde términos empresariales 
hasta bélicos, pasando por el mundo del “hampa”. Desde “carreras armamentísticas” 
hasta “explotación” de los virus endógenos por parte del genoma, pasando por 
calificaciones para éstos como “secuestradores”, “saboteadores” o “falsificadores”, por 
no hablar de las estrategias “egoístas” de los genes. No me cansaré de insistir en que 
esta no es una terminología científica, sino el producto de una concepción de la vida que 
podríamos calificar de patológica, que es utilizada para adecuar los datos a la teoría 
dominante, pero que lo que consigue es introducir graves distorsiones en la 
interpretación de los fenómenos biológicos y que resulta muy perjudicial para una 
verdadera comprensión de los fenómenos de reciente descubrimiento. 
Consideraciones como estas, y algunas más vistas anteriormente, convierten en 
poco razonable la propuesta que, ante el aluvión de datos que contradicen radicalmente 
las asunciones asumidas sobre la evolución, han planteado algunos científicos (Carroll, 
R. L., 2000): la de “expandir” la teoría darwinista. Por lo que he podido ver, esta idea 
parte, al parecer, de dos asunciones que pueden ir unidas o independientes: de que 
Darwin fue el “descubridor” de la evolución, por lo que cuando se habla de evolución se 
habla de darwinismo, o bien, que ya hay aspectos de la teoría darwinista que están 
“suficientemente demostrados”. No parece necesario volver sobre la primera, pero sí 
puede ser conveniente insistir en que si la base teórica sobre la que se sustenta el 
darwinismo, la “Síntesis moderna”, es absolutamente falsa, todos los conceptos que se 
elaboren a partir de ella también lo serán. Las únicas “demostraciones” de fenómenos 
visibles en la Naturaleza que todavía se ofrecen en los textos darwinistas como ejemplos 
de la evolución por selección natural siguen siendo el “experimento” de la polilla del 
abedul, el caso de la anemia falciforme, cuya manifestación se ha mostrado mucho más 
compleja de lo que se creía (Higgs, D. R. y Wood, W. G., 2008) y la adquisición de 
resistencia de los mosquitos a los insecticidas. El resto de las supuestas demostraciones 
son, simplemente, interpretaciones “a posteriori” sobre porqué esos fenómenos están ahí 
(“porque han sido seleccionados”). 
Parece razonable insistir en que ante la “aparición” de fenómenos y procesos 
inimaginables hace pocos años en el campo de la Biología, es necesario “repensar” la 
evolución y, por tanto las explicaciones de dichos procesos y su integración coherente 
en nuestra disciplina. En palabras de Mauricio Abdalla (2006): La tecnología amplía la capacidad de “ver” fenómenos que antes estaban ocultos a los sentidos humanos y, la 
mayoría de las ocasiones, abre un nuevo campo fenomenológico que impulsa a la 
ciencia a reajustarse, produciendo un movimiento en las teorías científicas y hasta 
crisis de paradigmas. 
Lo que no parece razonable es la actitud de indignación con que es recibido por 
prestigiosos biólogos, como si fuera una agresión, cualquier intento de este tipo. 
Resulta envidiable el entusiasmo con que, por ejemplo, los físicos, reciben la existencia 
de cualquier punto débil en sus teorías o cualquier avance tecnológico que les permita 
profundizar en ellas o, incluso cambiarlas (y no se puede decir que no estén 
“actualizados” al respecto). También es cierto que ellos no disponen de un ser 
“providencial” que les trajo una verdad inmutable, porque todavía ninguno de sus 
grandes pensadores la ha encontrado. Tal vez por eso tampoco disponen de un 
aniversario con que celebrar el “verdadero nacimiento” de su disciplina. Ni siquiera el 
de Newton, porque sus explicaciones eran, de algún modo válidas, pero incompletas. 
Posiblemente, para encontrar un paralelo tendrían que remontarse a Aristóteles. Su 
teoría sobre el movimiento de “los cuatro elementos” hacia “sus semejantes”: el agua 
hacia el agua, la tierra hacia la tierra, el fuego hacia el fuego y el aire hacia el aire, 
explicaba todo. Era “evidente”, incluso verificable experimentalmente. Todo el mundo 
podía comprenderla, pero no era una explicación real. Porque, en Ciencia (excepto, al 
parecer, para la Biología), ninguna explicación de un fenómeno complejo puede ser 
sencilla.

 Fuente:
Máximo Sandín
http://www.somosbacteriasyvirus.com/

sábado, 15 de febrero de 2014

EN BUSCA DE LA BIOLOGÍA II

Reflexiones sobre la evolución (viene del post anterior)

Pero volviendo al tema que nos ocupa, lo que resulta (o debería resultar)
desconcertante para un biólogo es que, en la misma revista y, a veces en el mismo
número, se publican investigaciones cuyas bases, argumentos y resultados son
absolutamente contradictorios. Por ejemplo, sobre los fenómenos epigenéticos
condicionados por el ambiente en las diferencias fenotípicas entre gemelos (Fraga, M.
F. et al., 2005) o sobre la enorme complejidad de las redes de información genética
(Sauer, U., Heinemann, M. y Zambomi, M. 2007) y sobre “el gen” de la infidelidad
(Walum et al., 2008), o del “gen” de los bebedores (Mulligan et al., 2006). Sobre la
inabarcable complejidad de las relaciones entre las proteínas celulares y sus actividades
en función de sus agrupaciones (Gavin, A.C. et al, 2002; Ho, Y. et al. 2002) y el
descubrimiento de una proteína que controla todo un complejo proceso biológico (Ago,
H. et al., 2007), sobre evo-devo en los que se analizan los cambios evolutivos en
relación con cambios en el programa de desarrollo (Hall, 2003) y sobre genética de
poblaciones que explica, supuestamente, la evolución como “un cambio en las
frecuencias génicas”(Stumpf y Mc Vean, 2003). Sobre el carácter global de la
información genética y su subordinación a las condiciones ambientales (Varabasi y
Oltvai, 2004)), incluso de la dificultad (o imposiblidad) de definir “qué es un gen”
(Gerstein, M. B. et al., 2007) y del descubrimiento de “genes egoístas” (Enserink, M.,
2007) o la patente de un virus modificado con “el gen” P53 para ser explotada por una
importante empresa farmacéutica (Huo, J. y Xin, H., 2006).
Lo que se observa (con inquietud) es una absoluta discordancia entre los resultados 
reales, es decir verificables experimentalmente, de la llamada investigación “básica”, o 
lo que es lo mismo, investigación científica, y los planteamientos necesarios para que 
sean posibles los objetivos de la llamada investigación “aplicada”, es decir, la enfocada 
a fines comerciales. Sin embargo, la persistencia en seguir por un camino, cuyo final en 
un callejón sin salida está marcado de antemano, ha de tener una explicación. Y la única 
posible es la que nos sugiere la existencia en las revistas citadas de un apartado cuyos 
encabezamientos habrían resultado absurdos cuando la actividad de los científicos se 
concebía como una búsqueda del conocimiento: Negocios (Science), Una mirada al 
Mercado (Nature).
 
 La Biología y el Mercado
 
Resulta una obviedad afirmar que, hoy en día, el Mercado (concretamente “el libre 
mercado”) es el que determina el curso de las relaciones humanas, de la sociedad, en 
suma, el destino de la Humanidad. Quizás no parezca este el sitio o el contexto 
adecuado para discutir este modelo económico, Pero si tenemos en cuenta que, según 
los informes de la ONU, los mercados que más dinero “generan” en el Mundo son, por 
este orden, el de las armas, el de la droga, el del petróleo y el farmacéutico (U. N., 1999) 
tal vez encontremos una conexión con el problema que estamos analizando. 
 En cualquier caso, desde un punto de vista estrictamente científico, cuando de 
pretende comprender un fenómeno cualquiera, una práctica razonable puede ser ir a las 
raíces, a su origen, es decir, a intentar entender cómo o porqué se ha producido para 
comprender la situación actual. En este caso, con el objetivo de intentar valorar las 
posibles consecuencias de la práctica de este modelo económico sobre las relaciones 
humanas y sobre las relaciones del Hombre con la Naturaleza. . 
 Como todos sabemos, el concepto central de este modelo económico, “la mano 
invisible del mercado”, se debe al escocés Adam Smith, el “padre” de la economía (“La 
Riqueza de las Naciones”, 1776). La, mil veces repetida frase No es de la benevolencia 
del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena, sino de su 
preocupación por sus propios intereses / ... / Prefiriendo apoyar la actividad doméstica 
en vez de la foránea, sólo busca su propia seguridad, y dirigiendo esa actividad de 
forma que consiga el mayor valor, sólo busca su propia ganancia, y en este como en 
otros casos está conducido por una mano invisible que promueve un objetivo que no 
estaba en sus propósitos, nos da una primera información sobre los destinatarios y los 
beneficiarios de su modelo económico. Pero quizás esta otra, también procedente de su 
famoso libro (“El libro”, según los textos de economía) no puede ofrecer una visión más 
clarificadora y global sobre su concepto de sociedad: Se ha dicho que el costo del 
desgaste de un esclavo lo financia su amo, mientras que el costo del desgaste de un 
trabajador libre va por cuenta de éste mismo. Pero el desgaste del trabajador libre 
también es financiado por su patrono. El salario pagado a los jornaleros, servidores, 
etc., de toda clase, debe en efecto ser lo suficientemente elevado para permitir a la 
casta de los jornaleros y servidores que se reproduzca según la demanda creciente, 
estacionaria o decreciente de personas de este género que formula la sociedad. Pero 
aunque el desgaste de un trabajador libre sea igualmente financiado por el patrono, el 
mismo le cuesta por lo general mucho menos que el de un esclavo. 
No parece necesario explicar qué tipo de personas componen “la sociedad” para 
Smith y cual es la condición que su modelo reserva para el resto de las personas “de 
toda clase” cuya reproducción debe regularse según la demanda estacionaria, creciente 
o decreciente. 
 Como biólogo, desconozco de qué modo se ha transmitido y adornado la figura de 
Smith (venerado en los textos económicos) a los estudiantes o estudiosos de la 
economía y si la lectura de su libro figura en su formación, porque visto “desde fuera” 
no resulta precisamente un hombre providencial que trajo la luz y, desde luego, una 
mirada a la situación del Mundo nos hace pensar que no ha sido una bendición para la 
Humanidad. Pero como esta apreciación de un profano en la materia puede ser 
considerada una visión superficial o sesgada, recurriremos a un verdadero experto en 
economía (pero que, además, tiene la mala costumbre de pensar por sí mismo) para que 
nos aporte su opinión sobre la verdadera esencia del motor de esta concepción de la 
economía que no es el reino de la providencial mano invisible y benefactora sino, al 
contrario, el de manos bien visibles e interesadas, buscando el máximo beneficio 
privado a costa de lo que sea (San Pedro, 2002). 
 Pero, volviendo al tema que nos ocupa, la Biología, también podemos intentar 
analizar el problema del que estábamos tratando, es decir, la relación entre la 
investigación biológica y el Mercado, si nos remontamos al origen de esta conexión. 
 El equivalente para los biólogos de lo que “La riqueza de las naciones” es para los 
economistas, es decir “El Libro”, es, según nos han enseñado, “El origen de las 
especies” de Charles Darwin (1859), “la obra de la que nace toda la Biología moderna”, 
como figura en su prólogo de la última edición española (Fernández, 83). El párrafo que 
define o refleja con mayor claridad el mensaje de dicha obra bien podría ser este: De 
aquí, que como se producen más individuos de los que es posible que sobrevivan, tiene 
que haber forzosamente en todos los casos una lucha por la existencia / ... / Es la 
doctrina de Malthus aplicada con multiplicada fuerza al conjunto de los reinos animal 
y vegetal; porque en este caso, no hay aumento artificial de alimento y limitación 
prudente de matrimonios. La doctrina a la que se refiere es la que el reverendo R. T. 
Malthus, como es sabido, discípulo de Adam Smith y uno de los padres de la economía 
liberal clásica, expone en “Ensayo sobre el principio de la población” (1798), Según C. 
Leon Harris(1985), "El razonamiento de Malthus era que el progreso era imposible a 
menos que exista un abastecimiento ilimitado de alimentos, por lo que las políticas 
dirigidas a mejorar la situación de los pobres eran equivocadas (...) Los defensores del 
Laissez faire podría así ignorar a los niños hambrientos con la conciencia tranquila" 
 Sólo una actitud de obcecación en negar lo evidente, porque el mismo autor lo 
confirma, puede llevar a negar la conexión entre la interpretación darwinista de la 
Naturaleza y las ideas de Adam Smith. De hecho, en la que podemos considerar la 
versión mas “moderna” del darwinismo, la elaborada por Richard Dawkins (1975), su 
propuesta de lo que sería el motor de la evolución y de las relaciones entre los seres 
vivos es, sólo con un ligero cambio de estilo, una transcripción de la de Smith para las 
relaciones sociales con la simple sustitución de los términos cervecero o panadero por la 
palabra “gen” y la mano invisible del mercado por la mano invisible de la ciega pero 
todopoderosa selección natural. Y los términos “competencia por los recursos”, 
“estrategias”, “coste-beneficio”, “colonización”… son parte constituyente de laterminología y, por tanto, de la interpretación de los fenómenos naturales de la Biología 
actual. 
 Esta conexión no es extraña, pues forma parte de toda una concepción de la 
realidad, de la vida, de la sociedad, con profundas raíces culturales en las que el 
individualismo, la competencia, la laboriosidad y el “mirar por los propios intereses” 
son las virtudes más apreciadas (incluso “bendecidas por Dios”). Por eso Darwin 
concluye en su libro: Y como la selección natural actúa por y para el bien de cada ser, 
todos los atributos corpóreos y mentales tenderán a progresar hasta la perfección. Y 
por eso también comparte con Smith y Malthus su concepto de sociedad: Existe en las 
sociedades civilizadas un obstáculo importante para el incremento numérico de los 
hombres de cualidades superiores, sobre cuya gravedad insisten Grey y Galton, a 
saber: que los pobres y holgazanes, degradados también a veces por los vicios se casan 
de ordinario a edad temprana, mientras que los jóvenes prudentes y económicos, 
adornados casi siempre de otras virtudes, lo hacen tarde a fin de reunir recursos con 
que sostenerse y sostener a sus hijos. / ... / Resulta así que los holgazanes, los 
degradados y, con frecuencia, viciosos tienden a multiplicarse en una proporción más 
rápida que los próvidos y en general virtuosos. /…/ Mas en estos casos parecen ser 
igualmente hereditarios la aptitud mental y la conformación corporal. Se asegura que 
las manos de los menestrales ingleses son ya al nacer mayores que las de la gente 
elevada. (Darwin, Ch. R., 1871). En este contexto, no resulta extraño el éxito del libro 
de Darwin entre “la sociedad”, especialmente teniendo en cuenta que, en el máximo 
período de expansión colonial británica, la frase No puede nombrarse un país en el cual 
todos los habitantes naturales estén ahora tan perfectamente adaptados entre sí y a las 
condiciones físicas en que viven, que no pudiesen todavía, algunos de ellos, estar mejor 
adaptados o mejorar; porque en todos los países los naturales han sido conquistados 
hasta tal punto por los que han tomado carta de naturaleza, que han permitido a los 
extranjeros tomar firme posesión de la tierra, que figura en “Sobre el origen de las 
especies por medio de la selección natural, o el mantenimiento de las razas favorecidas 
en la lucha por la existencia”, verdadero título de su libro, debió resultar muy 
reconfortante para los beneficiarios de tal situación. 
 En definitiva, podríamos sumarizar las estrechas relaciones entre ambas “teorías” y 
los motivos de su implantación, recurriendo a pensadores muy cualificados que, al 
parecer, lo han visto con claridad: La obra de Darwin es, en palabras de Bertrand 
Russell (1935): una extensión al mundo animal y vegetal de la economía de Laissez 
faire. Y para el filósofo de la ciencia R.M. Young (1973) Lejos de ser un mecanismo en 
favor del cambio, era una defensa del status quo, tanto en la naturaleza como en las 
sociedades ¿Será, pues, este carácter de justificación “científica” de la situación el que 
está detrás de su condición de “teorías” inamovibles? 
 
 Cómo se fabrica una teoría muy poderosa 
 
Quisiera comenzar este apartado con una justificación, que no exculpación, del texto 
que sigue (y del texto en general): Aunque, según he podido experimentar en carne 
propia, los análisis históricos sobre las causas del origen del darwinismo no parecenestar muy bien vistos por, al menos, una parte de “la comunidad científica” que los 
califica de “opiniones subjetivas” motivadas por prejuicios con gran parte de carga 
ideológica mientras que la Ciencia se basa en datos “objetivos”, el subtítulo de este 
escrito indica que se trata de reflexiones personales, individuales y, por definición, 
subjetivas, porque lo que parece claro es que no todo el mundo tiene porqué ver las 
cosas de la misma forma. Y aquí puede ser conveniente otra pequeña reflexión sobre el 
carácter objetivo con que el lenguaje “aséptico” utilizado en los textos científicos 
pretende dotar a las observaciones. Cuando el autor dice “se observa”, por ejemplo Se 
observa la competencia entre las células (Khare y Shaulski, 2006) o la competencia 
entre las neuronas (Han, J. H. et al., 2007), o se pone en evidencia la actuación de la 
selección natural (Byers y Waits, 2006), es él el que está observando y también cabe la 
posibilidad de que sus observaciones, por muy objetivas que pretendan ser, estén 
condicionadas por prejuicios, por lo que le han enseñado a ver (y aquí sería necesario 
otro análisis para dilucidar el posible componente ideológico de estas observaciones 
“objetivas”). Pero en este caso no creo necesario insistir sobre la inconsistencia del 
concepto de selección “natural”, por extrapolación a la Naturaleza de las actividades 
“antinaturales” de los ganaderos, ni de la condición tautológica de su formulación, 
porque “la existencia de la selección natural” parece ser tan “indiscutible” que, en 
consecuencia, no se puede discutir. 
 Una vez asumida esta limitación, puedo decir que, desde mi punto de vista, la 
formulación de “la teoría de la evolución” de Charles Darwin no resulta un modelo de 
precisión científica (y menos de brillantez literaria). Los términos se podría dudar, 
pudiera ser, no podríamos considerar improbable… acompañan a cada una de sus 
propuestas. La abundancia de éstas, basadas en la cría de animales domésticos le hizo 
sugerir a su editor que recortara las partes teóricas e hiciera de la obra un libro 
dedicado enteramente ¡a la cría de palomas! (Milner, 1995). Efectivamente, las 
variadas especulaciones sobre “el origen de las especies” resultaban todo menos 
clarificadoras: los efectos del uso y el desuso, la tendencia a variar de la misma manera, 
las variaciones “sin importancia”, la “dilución” de los cambios ventajosos en la 
población, los cambios en la disposición de los ojos de los peces planos debido a los 
“esfuerzos” en mirar para arriba, los osos atrapando insectos del agua “como una 
ballena”… muchas de ellas basadas en informaciones “de segunda mano”, componen un 
texto confuso y disperso sin una línea argumental clara. No parece aventurado deducir 
que, muy probablemente, fueron sus “hallazgos” de la aplicación a la Naturaleza de la 
“lucha por la existencia” y “la supervivencia del más adecuado” los que hicieron que “la 
sociedad” se abalanzase sobre el libro, del que en una semana se vendió toda la edición 
de 4.250 ejemplares. Las narraciones épicas sobre las dificultades que encontró el 
“revolucionario” libro de Darwin entre la conservadora sociedad inglesa (la Iglesia 
Anglicana le ha pedido disculpas por la oposición “excesivamente emocional” a su 
teoría, representada en la historia por el obispo Wilbeforce) no parecen tener una base 
muy sólida si tenemos en cuenta que fue miembro del consejo rector de la Geological 
Society, de la Royal Society, y que le nombraron miembro de la Academia de Ciencias 
Francesa. Que fue enterrado con honores en la abadía de Westminster al lado de la 
tumba de Newton y que a su funeral asistieron las más importantes personalidades de la 
época.Sin embargo, entre los científicos conocedores de la evolución las críticas no fueron, 
ni mucho menos, favorables (ver Sandín 2002). Porque la evolución era conocida y 
llevaba cien años siendo estudiada en las universidades europeas (Galera 2002). De 
hecho, en la época de Darwin los partidarios de la evolución eran llamados 
“lamarckianos” (Harris, 1985). No obstante, al estar confinado su estudio al ámbito 
académico fue el libro de Darwin el que, probablemente gracias a su éxito social (ha 
sido calificado como “el primer best seller científico) popularizó la idea de la evolución. 
Este fenómeno es relatado por algunos historiadores darvinistas de esta forma tan 
pragmática: una cosa es que los evolucionistas anteriores propusieran la idea, y otra 
bien distinta que consiguieran convencer a los científicos (Harris, 1985). 
 Pero la información más sorprendente sobre la creación de la figura de Darwin 
como “descubridor de la evolución” (Henleben, 1971) es la que nos transmite Richard 
Milner, calificado por Gould como “el pura sangre de Darwin” en el prólogo a su 
“Diccionario de la evolución” (1995), y es que él no parecía tener muy claro que en su 
famoso libro estaba hablando de evolución (sólo hablaba del origen de las especies). 
Porque el término evolución no aparece hasta la sexta edición de 1869 por sugerencia de 
Huxley, que sí sabía de lo que se hablaba. 
 Sin embargo, entre las críticas científicas que recibió, la más lúcida y más 
claramente formulada, hasta el extremo de que puede ser utilizada para debatir las ideas 
darvinistas actuales, es la del zoólogo St. George Mivart (que también sabía de lo que 
hablaba): Lo que se puede alegar, se puede sintetizar de ésta manera: que la “selección 
natural” es incapaz de explicar las etapas incipientes de las estructuras útiles; que no 
armoniza con la coexistencia de estructuras muy similares de diverso origen; que hay 
fundamentos para pensar que las diferencias específicas se pueden desarrollar súbita y 
no gradualmente; que la opinión de que las especies tienen límites definidos, aunque 
muy diferentes para su variabilidad todavía es sostenible; que ciertas formas fósiles de 
transición todavía están ausentes, cuando cabría esperar que estuviesen presentes/ ... 
/que hay muchos fenómenos notables de las formas orgánicas sobre los cuales la 
“selección natural no arroja la menor luz”. (Mivart, 1871). 
 Objeciones como esta, basadas en argumentos y conocimientos científicos, 
hicieron que el darwinismo languideciera en el ámbito académico hasta quedar 
prácticamente relegado a unos cuantos seguidores fervorosos, como August Weismann, 
quien publicó, en 1886, su teoría del “germoplasma” (la barrera soma- germen), y cuyas 
ideas fueron las primeras conocidas bajo la denominación de “neodarwinismo”. A 
principios del Siglo XX, los genetistas, basándose en sus observaciones sobre la 
aparición y la transmisión de las características heredables, y que se podían comprobar 
en los “experimentos” (pero esta es otra historia) de Mendel, habían desechado la idea 
de la evolución como consecuencia de la acumulación de pequeñas variaciones 
“imperceptibles”. Así nos lo narra F. J. Ayala en su libro “La teoría de la 
evolución”(1999): “De acuerdo con De Vries (y también con otros genéticos de 
principios del sigloXX, como el inglés William Bateson) hay dos tipos de variaciones 
en los organismos: un tipo consiste en la variación “ordinaria” observada entre los 
individuos de una especie: por ejemplo, variación en el color de los ojos o las flores, o 
variación en el tamaño. Este tipo de variación no tiene consecuencias últimas en la 
evolución, porque, según De Vries, “no puede traspasar los límites de la especie, 
incluso bajo las condiciones de la más fuerte y continua selección”. El otro tipo 
consiste en las variaciones que surgen por “mutación genética”; esto es, alteraciones espontáneas de los genes que ocasionan grandes modificaciones de los organismos y 
que pueden dar origen a nuevas especies: “Una nueva especie se origina de repente, es 
producida a partir de una especie preexistente sin ninguna preparación visible y sin 
transición”. 
Estas ideas, que Ayala nos narra como una visión errónea, pero que estaban 
basadas en observaciones científicas reales y que, por tanto, estaban en el buen camino, 
fueron arrolladas por otras basadas, dentro de la tradición darvinista, en especulaciones 
y suposiciones sin la menor relación con los fenómenos que se producen en la 
Naturaleza, es decir, inventadas. Los “biometristas”, darvinistas fervorosos encabezados 
por el matemático inglés Sir Karl Pearson, acudieron en ayuda de la selección natural 
actuando sobre variaciones que denominaron “métricas” o “cuantitativas”. 
Así nos narra Richard Milner el nacimiento de la base teórica del darwinismo 
actual: En medio del debate entre genetistas sobre la dilución de las pequeñas 
mutaciones individuales entre la población, R. C. Punnett, discípulo de Bateson, expuso 
el problema a su amigo G. H. Hardy, profesor de matemáticas en la Universidad de 
Cambridge, quien, según se dice, escribió la solución en el puño de la camisa mientras 
comía. Como la consideró muy elemental, Hardy se negó a presentarla en una 
publicación que normalmente leerían sus colegas matemáticos, por lo que Punnett la 
expuso en una revista de biología. Fue la única incursión de Hardy en la genética (?). 
La solución obtenida por el profesor Hardy fue que la simple expresión binomial (p2 
+2pq + q2) = 1 describe la proporción de cada genotipo en la población, donde p 
representa el alelo dominante (A), q el recesivo (a) y (p + q = 1). El alejamiento de 
estas premisas de la realidad (que se acentúa con las absurdas condiciones que debe de 
cumplir la población implicada) ya era evidente por entonces. Según Harris (1985), 
Haldane (1924) (otro matemático padre de la “síntesis”) era consciente de que existían 
fenómenos como el ligamiento que ya eran conocidos, pero tenerlos en cuenta hubiera 
complicado los cálculos. 
 Aquí me voy a permitir una pequeña digresión: Resulta pasmosa la naturalidad 
con que los historiadores autocalificados como firmes seguidores del darwinismo nos 
narran los artificios que han intervenido en su elaboración como teoría científica, 
porque resulta difícil de dilucidar si se trata del resultado de una fe poco menos que 
religiosa a la que los datos históricos no afecta o de una actitud cínica en el sentido de 
decir “es una falacia, pero es la falacia dominante”. 
 Sin embargo, parece que, efectivamente, los matemáticos lograron convencer a 
algunos biólogos. Así nos narra F. J. Ayala la acogida inicial de la base teórica de la 
evolución: Estos descubrimientos (?) teóricos, sin embargo, tuvieron inicialmente un 
impacto limitado entre los biólogos contemporáneos, porque estaban formulados en 
ecuaciones y lenguaje matemáticos que la mayoría de los evolucionistas no podían 
entender (aquí me voy a permitir argumentar, a modo de “reparación” de estas dudas 
sobre la capacidad mental de mis colegas, que resulta dudoso que no entendieran unas 
fórmulas basadas en algo tan simple como las probabilidades de obtener cara o cruz en 
una moneda lanzada al aire, es decir, que tal vez fue otro el motivo de su rechazo); 
también, debido a que estos descubrimientos, casi exclusivamente teóricos (?) tenían 
poca corroboración empírica, y, por último, a causa de que los problemas resueltos 
habían dejado de lado muchas otras materias de gran interés, como el proceso de la 
especiación (??). Pero el problema que planteaban los biólogos estaba superado. Según E. Mayr (1997): Los matemáticos demostraron convincentemente que, incluso 
mutaciones con ventajas relativamente pequeñas, eran favorecidas por la selección, y 
sus hallazgos ayudaron a superar varias objeciones a la selección natural. 
En cualquier caso, ya estaba “demostrada” mediante las matemáticas la actuación 
de la selección natural como el mecanismo evolutivo. La sentencia (¿de muerte?) sobre 
el estudio de la evolución la emitió T. Dobzhansky (1951): La Evolución es un cambio 
en la composición genética de las poblaciones. El estudio de los mecanismos de 
evolución es competencia de la Genética de Poblaciones. Y desde ese momento, la base 
teórica de la Biología, pasó de apoyarse en los conocimientos y en los criterios 
científicos utilizados hasta entonces, basados en la elaboración de deducciones 
obtenidas a partir de la observación de los fenómenos naturales, a la interpretación de la 
Naturaleza en función de la práctica tradicional en el darwinismo, es decir, a adecuar las 
observaciones a la teoría, (en este caso ni siquiera observaciones, sino suposiciones), 
mediante fórmulas matemáticas. 
 Y este “olvido” de las observaciones de la Naturaleza, de los organismos, del 
registro fósil, para crear una explicación elaborada sobre cálculos numéricos basados en 
hipótesis al margen de la realidad, lleva a una total desconexión de la realidad. Así 
explica F. J. Ayala (2001) el concepto actual de la evolución según estos criterios: El 
rango de una mutación génica puede ir, pues, de inapreciable a letal /…/ las 
mutaciones nuevas tienen mayor posibilidad de ser perjudiciales que beneficiosas para 
los organismos. Una nueva mutación es posible que haya sido precedida de una 
mutación idéntica en la historia previa de una especie. Si esa mutación previa no existe 
en la población, lo más probable es que no sea beneficiosa para el organismo y, por 
ello, será eliminada de nuevo/…/ El proceso de mutación cambia las frecuencias 
génicas muy lentamente debido a que las tasas de mutación son bajas /.../ Si en un 
momento dado la frecuencia del alelo A es 0,10, en la generación siguiente se habrá 
reducido a 0,0999999, un cambio evidentemente pequeñísimo /.../ Por otra parte, las 
mutaciones son reversibles: el alelo B puede también convertirse en alelo A /…/ Aunque 
las tasas de mutación son bajas si se considera un gen individualmente, el hecho de que 
haya muchos genes en cada individuo y muchos individuos en cada especie hace que el 
número total de mutaciones sea elevado. 
 Como reflexión, seguramente discutible, y a modo de conclusión de este apartado, 
tengo que decir que la forma en que nació el darwinismo, la manera en que se ha 
narrado su historia, el modo en que se ha mantenido mediante artificios al margen de la 
realidad y la mitificación (mixtificación?) de la figura de Darwin, produce la sensación 
(al menos, la sospecha) de que el problema no es de índole meramente científica. Y un 
posible apoyo a esta sensación se puede encontrar en el siguiente hecho: En 2006, es 
decir, cuando ya se había secuenciado el genoma humano, cuando ya eran sobradamente 
conocidos los fenómenos de splicing alternativo, los procesos epigenéticos, la 
naturaleza dispersa y fragmentaria de la información genética… se reunieron en la 
Universidad de Cambridge, un grupo de prestigiosos investigadores que llegaron a la 
siguiente conclusión: 
 Many regard the Darwinian theory of evolution by natural selection as one of the 
most important and powerful theories of our times, in the good company of the general 
theory of relativity and quantum theory. What will be Darwin's legacy in the 21st 
century? Will new work be mainly confirmatory, or can we expect new breakthroughs? What constitutes a Darwinian way of thinking in biology, or more broadly in science? Is 
it still timely to think in a genuine Darwinian way, or should we resort only to some 
basic Darwinian principles? These questions were discussed by researchers at a recent 
conference at Trinity College, Cambridge, UK, which was hosted by the president of the 
Royal Society, Martin Rees. 
 There was fair agreement among the participants that Darwin's way of 
approaching problems remains valid and should be encouraged if possible. 
(Szathmáry, 2006). 
 
 150 años fuera del camino 

 En el año 2009 se cumplirán 200 años del nacimiento de Darwin y 150 de la 
publicación de “Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o el 
mantenimiento de las razas favorecidas en la lucha por la existencia”, y la celebración 
parece bien preparada. En las revistas científicas se exalta su figura hasta convertirlo en 
el genio que arrojó luz sobre un Mundo en tinieblas: La gran contribución de Darwin a 
la ciencia es que completó la Revolución Copernicana al llevar a la biología la noción 
de la naturaleza como un sistema de materia en movimiento gobernada por leyes 
naturales. (Ayala, 2007). En las universidades y centros de investigación se preparan 
todo tipo de homenajes, y una réplica del Beagle “zarpará para reconstruir el mítico 
viaje del científico”. La noticia de prensa comienza así: Recién graduado en Cambridge, 
con 22 años, un jovencísimo Charles Darwin se embarcó como naturalista a bordo del 
bergantín HMS Beagle, en un viaje que duraría cinco años (1831-1836). El padre de la 
teoría de la evolución describiría después esta aventura como el acontecimiento más 
importante de su vida, el que determinó la marcha de toda su carrera. Aunque se 
pueden encontrar en el texto algunos “olvidos” o “imprecisiones”, (ver Sandín, 2002) el 
más llamativo es el que se refiere a su titulación, que se podría completar así: 
subgraduado en Teología. 
La forma en que los encargados de transmitir “la buena nueva” a la sociedad 
“depuran” y “orientan” conscientemente la información llega a extremos que hacen 
pensar que deben tener muy buenos motivos para hacerlo. En el artículo 150 años 
liberados de un creador sobrenatural, el autor informa a sus lectores de que la idea 
eliminó la necesidad de Dios para explicar nuestra presencia, y nos habla de la 
controversia entre creacionistas y darvinistas, para aclararnos que “la evolución”, o 
bien, como sinónimo, “la teoría de la evolución”, está científicamente comprobada y la 
prueba más contundente es la universalidad del código genético. 
La confusión deliberada de la evolución como hecho con “la” teoría de la 
evolución y la transmisión a la sociedad de que el debate que existe actualmente se 
centra entre los creacionistas y “la” evolución, (y el éxito de esta estrategia se puede 
comprobar en las manifestaciones al respecto de todo tipo de personas cultivadas, no 
profesionales de la Biología) es una de las variadas artimañas de que se valen los 
guardianes del darwinismo para descalificar cualquier intento de debate científico sobre 
la validez actual de sus ideas. Pero es tan simplista y estéril tratar de rebatir a la Ciencia 
desde creencias religiosas como pretender rebatir las creencias con argumentos 
científicos, porque son dos aspectos del pensamiento humano que, por su forma de elaboración y por sus objetivos, no tienen la menor relación (salvo cuando los 
pretendidos argumentos científicos sean, en realidad, una creencia, en cuyo caso se 
comprende el debate). Y es imposible rebatir una creencia con hechos históricos, con 
datos reales o con argumentos lógicos. Cuanto más irracional (es decir, menos basada 
en dichos conceptos) sea una creencia, más difícil es de rebatir, y de esto tenemos 
suficientes experiencias, no sólo en el aspecto científico, sino también en el político y el 
económico.

 Fuente:
Máximo Sandín
http://www.somosbacteriasyvirus.com/