martes, 2 de septiembre de 2014

“Si se controla el petróleo, se controla el país; si se controlan los alimentos, se controla a la población.” Henry Kissinger



La diversidad de los cultivos de todo el Mundo se está reduciendo a un ritmo de “extinción
masiva”. Según informes de la FAO, en el último siglo se ha perdido el 75% de las variedades
agrícolas que se cultivaban habitualmente. Desde el punto de vista ecológico, la pérdida de
variedad en cultivos disminuye la capacidad de resistencia y adaptación a los cambios
climáticos y a las enfermedades. Es decir, la Humanidad se puede enfrentar, en pocos años, a
una crisis alimentaria global.
Pero, ¿dónde está el origen de esta locura? Veamos algunos datos: La llamada “revolución
verde” fue, posiblemente, el primer exponente a gran escala de la estrecha y profunda
relación entre las bases conceptuales del darwinismo y el modelo económico de Adam Smith, y
de la similitud de sus consecuencias . Financiada por la Fundación Rockefeller y el Banco
Mundial, e impulsada, a partir de los años 50 por Norman Borlaug (que recibió por ello el
Premio Nobel de la Paz en 1970) y basada científicamente en el reduccionismo genético
darwinista, consistió, esencialmente, en el uso de semillas seleccionadas de alto rendimiento,
no importa cuales fueran las condiciones ambientales del terreno, y grandes cantidades de
abonos químicos y pesticidas. Aunque, inicialmente se apreció un descenso en la proporción
de personas desnutridas en el Tercer Mundo, que se estimó en un 16%, y fue el logro que
justificó el Nobel para Borlaug, pronto, los efectos del “libre mercado” y del reduccionismo
científico se hicieron patentes. El alto precio de las semillas mejoradas, de los fertilizantes y los
pesticidas hizo que muchas pequeñas explotaciones no pudieran competir con los grandes
propietarios. Sólo en Estados Unidos, el número de granjas se ha reducido a un tercio y la
mayoría de las que hay son grandes empresas mecanizadas, en gran parte, propiedad de
multinacionales de la alimentación. Los efectos fueron aún más desastrosos en el Tercer
Mundo, en el que la concentración de la tierra en pocas manos ya era considerable, pero,
además, aumentaron los precios por el alto costo en productos químicos y maquinaria, que
fueron los auténticos beneficiarios de la “revolución”. Sin embargo este es sólo uno de los
problemas derivados de la concepción reduccionista y mercantilista de la Naturaleza: la
producción comenzó a disminuir en muchas partes y aumentaron las plagas. Como solución,
tuvo que aumentarse de forma continua el uso de fertilizantes y plaguicidas. Y esto, para
lograr, con suerte, los mismos resultados, porque los abonos químicos destruyen la fertilidad
natural del suelo, en la que las bacterias y los hongos tienen un papel fundamental, y además,
los plaguicidas “generan” plagas cada vez más resistentes. Con el tiempo, la tierra acaba por
perder su capa orgánica y convierte a la tierra en inutilizable.
En otra vuelta de tuerca, desde mediados de los años 90, y también impulsadas por la
Fundación Rockefeller, se comenzaron a cultivar semillas modificadas genéticamente y
patentadas. El objetivo era claro, como se está demostrando por los resultados, si se consigue
implantar este tipo de cultivo se puede llegar a controlar la alimentación mundial. En efecto,
en 2009, las cinco mayores compañías agroquímicas, Monsanto, Du Pont, Syngenta, Dow
Chemical y Bayer controlaban el 58% de las ventas mundiales de semillas, y diez empresas, el
95%, de las que el 21% eran, entonces, transgénicas. El cebo para atraer a los agricultores
consistía en reducir el número de los perniciosos herbicidas que utilizaban en sus cultivos
mediante semillas modificadas genéticamente para hacerlas resistentes a un potente y
peligroso herbicida, el Glifosato bajo el nombre comercial de Roundup, que sería el único
herbicida necesario. Esto obligaba a los agricultores a comprar a estas compañías los dos
productos. Para asegurar las ventas anuales, Monsanto obligaba a firmar a sus clientes un
contrato draconiano por el que se comprometían a no replantar, como se hacía
tradicionalmente, las semillas producidas y a comprarlas de nuevo al año siguiente. Por si esta
estrategia no fuera suficientemente indicativa de sus verdaderas intenciones, después de
persecuciones y presiones vergonzosas de tipo mafioso a los agricultores que utilizaban sus
semillas para replantar, Monsanto introdujo un nuevo “monstruo” genético en sus semillas: el
“gen terminator”, una secuencia genética que convertía a las semillas procedentes de sus
cultivos en estériles.
El siguiente paso, una vez controlado el mercado de las semillas, fue subir progresivamente su
precio. Por ejemplo, el precio de semillas por acre cultivado (Fuente: USDA Economic
Research Service) subió de 1975 a 2011 de 8,32 dólares a 56,58 para la soja, de 9,30 a 86,16
para el maíz, etc., lo que provocó la ruina de millones de pequeños agricultores en todo el
mundo (principalmente en la India y Latinoamérica), al no poder hacer frente a los crecientes
gastos. La consecuencia: una nueva expansión de grandes monocultivos industrializados
pertenecientes a grandes corporaciones, también muchas veces de las propias compañías de
semillas y agroquímicos. Actualmente, estas grandes compañías están comprando las mejores
tierras de África para este tipo de cultivos, alejando aún más a la población de sus
posibilidades de acceso a la alimentación. Un alejamiento acentuado porque productos básicos
en la alimentación como trigo, maíz, azúcar… han pasado a cotizar en la Bolsa (véase la Bolsa
de Chicago), donde se especula con los precios contando con información privilegiada
procedente de los satélites artificiales.
Parece que ya tienen muy avanzado su objetivo. Pero esa es sólo una parte del problema, por
grave que sea. La Evaluación Internacional del Papel del Conocimiento, Ciencia y Tecnología
para el Desarrollo (IAASTD), llevada a cabo por más de 400 científicos independientes durante
más de 4 años, han afirmado categóricamente que el futuro de la seguridad alimentaria no se
encuentra en la ingeniería genética. “La ingeniería genética es una tecnología imprevisible, ya
que se basa en malas prácticas científicas, reducionista y mecanicista, que no tiene en cuenta
la complejidad y la autoorganización de los seres vivos”. El término “científico
independiente” produce una cierta inquietud, porque implica que hay científicos
“dependientes”, pero veamos en qué se basan esas afirmaciones: los datos científicos sobre la
naturaleza y el control de la información genética están mostrando que es de una enorme
complejidad imposible de controlar. Una secuencia genética puede dar lugar a cientos o miles
de proteínas diferentes mediante la combinación de sus componentes en función de las
condiciones ambientales. Por otra parte, su “significado” está controlado por el conjunto del
genoma, por lo que la misma secuencia puede tener funciones diferentes según el organismo
en que se exprese (se han encontrado en los erizos de mar y en las anémonas “genes”
supuestamente relacionados en el hombre con enfermedades como distrofia muscular, corea
de Huntington… incluso un supuesto “gen” responsable del cáncer de mama). El reflejo de
estos fenómenos en las prácticas de la llamada “ingeniería” genética se pudo comprobar, por
ejemplo, cuando se intentó transferir el “gen” del pigmento rojo del maíz a la petunia; las
flores se pusieron rojas, pero además las plantas tenían más brotes, más hojas, mayor
resistencia a los hongos y baja fertilidad. Pero entre las consecuencias no buscadas, una muy
digna de tener en cuenta son los nuevos productos derivados de una alteración genética no
natural. Proteínas producidas por plantas modificadas genéticamente han mostrado tener una
alta concentración de metabolitos tóxicos que han producido fuertes reacciones alérgicas y, en
algunos casos, como en de la producción de L-Triptófano, “suplemento dietético” que se
obtuvo en Estados Unidos a partir de bacterias modificadas genéticamente, la muerte de 37
personas y más de 1500 con daños permanentes. Y lo difícil es reconocer los efectos
acumulativos o de consecuencias a largo plazo de estas proteínas “artificiales”. El 19 de Mayo
2009, la Academia Americana de Medicina Ambiental emitió un comunicado que, al parecer,
pasó desapercibido para los medios de comunicación, en el que concluían: “hay más que
asociaciones casuales entre los alimentos GM y efectos adversos en la salud” y que “los
alimentos GM representan un serio riesgo en las áreas de la toxicología, alergias, la función
inmune, la salud reproductiva, metabólica, fisiológica y genética”
Por si estos peligros no fueran suficientes, el herbicida Roundup, derivado del “Agente
naranja”, ya producido por Monsanto y Dow Chemical, que devastó las selvas de Vietnam y
produjo graves malformaciones e incluso caída de la piel en miles de vietnamitas, está
mostrando unos efectos cada día más alarmantes. Además de destruir la biodiversidad de
plantas silvestres, como ha denunciado repetidamente la activista india Vandana Shiva, ha
resultado, como era de esperarse, tóxico para las personas y animales en contacto con él o que
consuman productos rociados con este herbicida. Un estudio llevado a cabo por la Universidad
de Berkeley en 1999 “revela evidencias actualizadas de daños pulmonares, palpitaciones,
náuseas, problemas de fertilidad, anomalías cromosómicas y otros muchos efectos sobre la
salud debido a la exposición al herbicida Roundup”
Existen centenares de estudios científicos muy bien documentados sobre todos estos aspectos
que, extrañamente, o quizás, no tanto, si tenemos en cuenta el inmenso poder económico y,
por tanto, político, de las grandes corporaciones de los transgénicos (que, mediante la política
de “puertas giratorias” se han infiltrado en los organismos internacionales), son ignorados por
los grandes medios de información, incluidas revistas científicas “prestigiosas”, y cuando
alguno de ellos logra llegar a la opinión pública es ferozmente atacado y devaluado
científicamente por los “rigurosos” e “imparciales” medios “oficiales”, como ha ocurrido
recientemente con un estudio que demostraba fehacientemente que el consumo de maíz
transgénico provocaba, a largo plazo, cáncer en ratones. Pero hay algunos que, por su
repercusión económica, que es, al parecer, la única que resulta digna de atención, sí ha llegado
a los medios de comunicación: en 2009, en Estados Unidos, una planta considerada como
“mala hierba”, el amaranto, una planta sagrada en las culturas precolombinas y con un
considerable aporte proteico, adquirió, por “transferencia horizontal” el “gen” de resistencia al
Glifosato de la soja transgénica e “invadió” los cultivos (una especie de “justicia poética”), con
lo que, en aquellas fechas, tuvieron que abandonar 5.000 hectáreas de cultivo y otras 50.000
estaban gravemente amenazadas. Esta “contaminación genética” ya ha dado muestras de su
peligro en otras ocasiones: en 2011 se informó de que el gusano del maíz había desarrollado
resistencia a la proteína Bt del maíz transgénico de Monsanto, que contiene una proteína de la
bacteria Bacillus thuringiensis tóxica para el gusano. Es decir, los “genes” introducidos en los
organismos transgénicos mediante bacterias, virus y plásmidos escapan de las plantas y pasan
otros organismos y a las bacterias del suelo, ya que están optimizados para transferir
información genética.
Y este es uno de los más graves peligros de estas prácticas de supuesta “ingeniería” genética a
los que nos enfrentamos, porque las consecuencias de esta “contaminación genética” son
imprevisibles. Los suelos están repletos de millones de bacterias y virus que intercambian
información genética y cumplen una función esencial en los ecosistemas. Se han estimado
hasta cien millones de bacterias por gramo de tierra, sin las cuales no podrían existir las
plantas. Las bacterias del suelo “reciclan” los productos de desecho y los organismos muertos y
“limpian” las sustancias tóxicas y hacen disponible el nitrógeno de la atmósfera para las
plantas. Entre ellas siempre están los virus, en una cantidad entre cinco y veinticinco veces
mayor, que son, junto con los plásmidos bacterianos, los que intercambian información
genética entre las bacterias y controlan sus ecosistemas. Sencillamente, no podemos prever a
dónde nos va a llevar este envenenamiento progresivo de los ecosistemas terrestres, pero
seguramente las consecuencias no van a ser precisamente positivas.
Una información más, para finalizar. En el resto de Europa, los transgénicos están
desapareciendo por el rechazo político y social. En Alemania, el maíz transgénico Bt de
Monsanto está prohibido por la constatación de que contaminaba campos vecinos, y se han
encontrado restos de maíz transgénico en la miel de las abejas de la zona además de que
también mataba a abejas, mariposas y otros insectos. En España, no se puede saber si por
ignorancia o por corrupción de sus responsables (no se puede decir cuál de los motivos es
peor), sólo de maíz, hay más de 116.000 hectáreas de cultivos transgénicos, en las que se
experimenta con más de 16 variedades, y se importan millones de toneladas de soja
transgénica. También se está experimentando con el cultivo de patatas transgénicas, y las
mieles contaminadas por transgénicos están causando el rechazo a este producto en Europa.
Las pesadillas tienen la ventaja de que se puede despertar. En nuestro caso, no podemos
despertar, porque se trata de una terrible realidad. Y si no nos enfrentamos con decisión a este
envenenamiento ecológico, orgánico y mental a que nos tienen sometidos las grandes
corporaciones y sus acólitos, el futuro de nuestros hijos estará gravemente comprometido.
Me voy a permitir finalizar con un comunicado emitido por el Foro Internacional Sobre
Soberanía Alimentaria del año 2002.
«La Soberanía Alimentaria es el derecho de los pueblos, comunidades y países a definir sus
propias políticas agrícolas, pesqueras, alimentarias y de tierra que sean ecológica, social,
económica y culturalmente apropiadas a sus circunstancias únicas. Esto incluye el verdadero
derecho a la alimentación y a producir los alimentos, lo que significa que todos los pueblos
tienen el derecho a una alimentación sana, nutritiva y culturalmente apropiada, y a la
capacidad para mantenerse a sí mismos y a sus sociedades»

Fuente:http: http://www.somosbacteriasyvirus.com/

2 comentarios:

Gustavo Marcelo Sala dijo...

Moscón

Si lo dijo Kissinger habrá sido hace años. Hoy las corporaciones globales en el punto de sus acuerdos y sociedades manejan ambas cuestiones, cosa que duplica el problema de la soberanía para que cada Nación pueda desarrollar sus políticas con independencia y en base a sus propias necesidades. Ayer Cristina dijo una cosa interesante. Nuestro problema no es la pobreza ya que per cápita es una de las naciones de mayores ingresos si lo encuadramos dentro del PBI y lo que el Argentino genera, el tema es la equidad. Vale decir ¿Cómo los argentinos nos repartimos eso? Y no tengo dudas que esa es una cuestión estructural. La elite que diagramó el país, con sus leyes, sus códigos y sus instituciones, lo hizo para que la equidad sea imposible de llevarse a cabo. Por eso la lucha de los gobierno populares en contra de esas corporaciones para intentar apuntar hacia la equidad siempre es en desventaja, debido a que choca con un marco “legal” centenario” que lo impide. Es o que las corporaciones llaman “Reglas claras y Seguridad Jurídica”

Moscón dijo...

Ah, vos me hablás del mas puro sistema capitalista.