domingo, 19 de octubre de 2014

EBOLA: CENSURA MEDIATICA

Jesús García Blanca, domingo, 19 de octubre de 2014


Algunos amigos me advierten que la entrevista que me hizo la periodista Teresa Yusta en su programa Hágase la luz ha sido retirada de la web de EITB, o al menos del lugar destacado en el que la colocó su directora tras recibir numerosas llamadas y correos electrónicos felicitándola.

Todo indica que el pequeño grupo de dogmáticos que se autodenominan "escépticos" pero que -como se decía en mi pueblo- tienen de escéptico lo que yo tengo de cura, continúan su cruzada contra el pensamiento crítico, atacando a todo aquel que ponga en duda las verdades oficiales -es decir, a todo aquel que ejerza de auténtico escéptico con el Poder- y denuncie la connivencia de las autoridades con la industria farmacéutica y los medios de manipulación de masas.

Son tan conscientes de la mentira y están tan pringados en los objetivos que la mentira cubre, que sienten pánico ante cualquier resquicio que pueda mostrar la verdad a la gente, que pueda servir -por modestamente que sea- para que la gente tenga elementos de juicio con los que formarse su propia opinión. Y por eso atacan a los investigadores y periodistas independientes.


La entrevista continúa disponible en Insurgente:

Algunas cosas que no nos dicen sobre el ébola


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Y aquí un artículo del mismo autor:

Desde que Augusto Comte publicara su Catecismo positivista en 1852 la Ciencia se ha consolidado como “la religión de la modernidad”. Sus encíclicas son las publicaciones científicas y sus herejes los investigadores y científicos que mantienen posiciones críticas con las teorías establecidas como dogmas. Y obviamente la Religión Científica también tiene sus fanáticos extremistas, una secta de fundamentalistas radicales que se cree en posesión de la verdad absoluta y se auto-arroga la representación de la comunidad científica. Fanáticos que en sus publicaciones y páginas web utilizan la descalificación personal, el insulto, la calumnia y la injuria como “argumentos”.
 “Los dioses inmortales, en su providencia, se han dignado ordenar y disponer que lo bueno y verdadero quedara aprobado en su totalidad por el consejo y la meditación de muchos hombres buenos, egregios y sapientísimos. A esas verdades es ilícito oponerse o resistirse y tampoco debe ser entorpecida por una nueva religión la antigua. Por consiguiente constituye un crimen de la mayor gravedad el retractarse de las creencias que, habiendo sido establecidas y definidas de una vez para siempre por los antiguos, tienen y poseen un estado inamovible y general validez”.
Edicto contra los Maniqueos Julianoprocónsul de África, 297. 
Las pugnas religiosas han provocado durante milenios enormes sufrimientos e incontables pérdidas de vidas. Y todas esas atrocidades se cometieron “por el bien de la humanidad” y con el objetivo de imponer la “Verdad”. Incluso por los defensores del cristianismo, una de las religiones verdaderas cuyos seguidores no dudaron en exterminar a millones de indígenas en las selvas americanas, africanas y asiáticas en nombre de Dios lo mismo que torturaron y quemaron a decenas de miles de brujas en la vieja Europa y masacraron a decenas de miles de “herejes” hace apenas unos siglos. Es más, con ese mismo propósito se hizo callar a Giordano Bruno, a Miguel Servet, a Galileo Galilei… La lista de nombres -conocidos y desconocidos- sería interminable pero todos ellos tenían en común una cosa: ¡estaban equivocados!
Y es que la misión fundamental de las religiones verdaderas –muy especialmente de las monoteístas- ha sido siempre la de convertir -o exterminar- a los creyentes de falsas religiones y silenciar a aquellos grupos o individuos que cuestionaban sus dogmas de fe. ¿Y cómo puede distinguirse entre una religión verdadera y una falsa? Es muy sencillo: la nuestra es la verdadera; las falsas son las de los otros. Los otros son siempre y sin excepción los equivocados, los ignorantes y los herejes.
Puede decirse que a lo largo de la historia de la humanidad se ha venido repitiendo un sencillo esquema que define las “relaciones de poder”: una minoría privilegiada ha impuesto su voluntad al resto. Y ello, por las buenas o por las malas, haciendo uso de un “discurso de verdad” que, aunque cambiante, ha tenido siempre el mismo objetivo: servir a los poderosos mediante una doble estrategia consistente en manipular a la mayoría obediente y reprimir a las minorías críticas.
Un esquema que se reproduce por supuesto en la actualidad solo que esta vez el discurso de la Verdad –la nueva Religión- es ¡la Ciencia!, la Autoridad Suprema incuestionable –la nueva Iglesia- la Comunidad Científica, los textos sagrados que establecen los dogmas –las nuevas Encíclicas- las revistas científicas, los nuevos herejes todos aquellos científicos e investigadores que planteen críticas a las teorías establecidas y los nuevos extremistas –los fanáticos que se arrogan la defensa de los dogmas de fe- los fundamentalistas científicos. Y a ellos dedicamos el presente artículo explicando quiénes son, dónde están, qué hacen, cómo actúan y, especialmente, qué consecuencias tienen sus actividades para la gente, para la sociedad y para el avance del conocimiento. 

CIENCIA Y VERDAD 

Pero empecemos por el principio: ¿cuál debería ser la actitud de un científico ante una nueva teoría o ante una crítica razonada a una teoría conocida? Parece lógico pensar que puesto que la comunidad científica –entiéndase por tal al grupo de fanáticos que se ha auto-arrogado la representación de todos los científicos del mundo sin haberles consultado ni reunido jamás- repite una y otra vez que la ciencia funciona mediante un constante proceso de exploración y revisión la actitud de cualquier científico auténtico ante una idea novedosa debe ser la de examinar cuidadosamente y con las herramientas que la propia ciencia posee esa nueva teoría o crítica. Sin embargo eso no es lo que sucede hoy como bien ha podido comprobar para su desgracia toda una legión de investigadores que se ha encontrado con las puertas cerradas -en el mejor de los casos- cuando no con ataques, insultos, difamación y persecución al intentar exponer sus descubrimientos e ideas si éstas no coincidían –total o parcialmente- con las “verdades establecidas”.
¿Y por qué razón sucede esto? ¿Es acaso posible que los científicos no respeten las reglas de juego de su propia profesión? ¿O es que la Ciencia no es la panacea de la objetividad y también ella -como toda actividad humana- está sometida a los intereses, las pasiones y las necesidades de los seres humanos? A estas alturas responder negativamente a la última pregunta y creer que la Ciencia está a salvo de intromisiones es como creer que los bancos son entidades filantrópicas, que el Ejército de Estados Unidos es el mayor garante de la paz mundial, que el Fondo Monetario Internacionalse propone acabar con la pobreza en el mundo y que el objetivo de las multinacionales farmacéuticas es proteger la salud de la población del planeta.
El filósofo Umberto Galimberti lo dice de modo claro y conciso: “Lo que mueve a la Ciencia no es la voluntad de saber sino la voluntad de dominar”. Y el catedrático de Psicología Social de la Universidad Autónoma de Barcelona Tomás Ibáñezañade: “Atacar la razón científica es hoy una necesidad; no para acabar con el conocimiento científico sino para romper su funcionamiento como retórica de la verdad”.
No se trata pues de atacar a la Ciencia ni a los científicos sino de defendernos de la utilización de la ciencia y del “discurso científico” como arma de poder contra la gente. Y un elemento clave de esa defensa es la información. 

¿QUÉ ES EL “ESCEPTICISMO”? 

Comencemos esa labor informativa con algunos conceptos claves. La palabra “escéptico” procede del término griegoskeptikósSképsis significa “examen”, “reflexión detenida sobre lo observado”, y skeptomai “mirar”, “considerar”, “examinar”. El término designaba en el período helenístico (aproximadamente los trescientos años que siguen a la muerte de Alejandro Magno) a una serie de filósofos –encabezados por Pirrón de Elis- que se oponían a las dos escuelas filosóficas entonces predominantes: epicúreos –por el nombre de su fundador: Epicuro de Samos- y estoicos –seguidores de Zenón de Citio, que impartía sus enseñanzas en un pórtico (stoa) de la plaza pública de Atenas-. Ambas escuelas –junto a muchas otras anteriormente- tenían en común su “dogmatismo”, es decir, la creencia en la posibilidad de establecer la verdad, de un conocimiento racional del universo, mientras los escépticos planteaban que ello no es posible. Los más radicales aplicaban esta actitud escéptica a todos los aspectos de la vida y puesto que no creían en la posibilidad de determinar la verdad postularon la “suspensión de juicio”. Algunos, más moderados, reservaban el enfoque escéptico para cuestiones científicas o filosóficas. A esa corriente también se la conocía como Zetética (de zetéin, que significa “investigar”, “observar”).
El Epicureísmo y el Estoicismo quedarían no obstante eclipsados durante la Edad Media para reaparecer en los albores de la Edad Moderna de la mano de MontaigneDescartesSpinoza y otros filósofos humanistas. En cuanto al Escepticismo entronca con las corrientes empiristas que dieron origen a la Ilustración y actualmente se ha incorporado a la metodología de las ciencias con una significación que trasciende el radicalismo de sus fundadores y que encarna uno de los elementos fundamentales del llamado “método científico”: el de examinar cuidadosamente la evidencia

PENSAMIENTO CRÍTICO FRENTE A DOGMATISMO 

Otro concepto fundamental para situarnos es el de “pensamiento crítico”. El pensamiento crítico analiza y evalúa los razonamientos, en particular las opiniones o afirmaciones que habitualmente se aceptan como verdades. En cierto sentido es un pensamiento abierto que se opone al pensamiento egocéntrico ya que éste simplemente se autojustifica: “Esto es cierto porque creo en ello”“Es cierto porque muchos creemos en ello”“Es cierto porque quiero creerlo”“Es cierto porque siempre lo he creído así” o, siendo aún más radical, “Es cierto porque me conviene creerlo”. Frente a ese círculo cerrado -que en gran parte es el culpable de que se perpetúen errores y creencias interesadas- el pensamiento crítico es abierto a los demás en lugar de egocéntrico y es autónomo pues emplea la lógica pero tiene en cuenta el contexto e integra lo psicológico y lo sociológico, es decir, la influencia del entorno en los procesos mentales utilizando determinadas herramientas intelectuales para superar prejuicios y distinguir lo razonable de lo no razonable. Ahora bien, el pensamiento crítico no consiste simplemente en aplicar de forma ciega la lógica sino que requiere una serie de aptitudes y valores como la capacidad de observación, la equidad, la experiencia o la precisión.
Una de las primeras cosas que se aprende en el entrenamiento para el pensamiento crítico es el obstáculo que representan los prejuicios o “sesgos cognitivos”. Algunos son barreras fenomenales que impiden el análisis crítico: la identificación con el grupo, la obediencia a la autoridad, la defensa del status propio o del status quo -es decir, de lo establecido-, la deformación profesional, el creer que tus hábitos o creencias están muy extendidas, el llamado “efecto de arrastre” -hacer lo que hacen los otros- y especialmente el denominado “prejuicio de punto ciego” que consiste precisamente en no reconocer los propios prejuicios.
Obviamente en las antípodas del pensamiento crítico se sitúa el dogmatismo, el pensamiento egocéntrico, la sumisión a los prejuicios o lo que Sexto Empírico –discípulo y divulgador de Pirrón, el escéptico más radical que conocemos- llamaba “arrogancia dogmática”.
El pensamiento crítico implica una mente abierta y la suficiente humildad intelectual para examinar toda clase de ideas y puntos de vista diferentes. El dogmatismo –que podríamos considerar una forma de paranoia- se caracteriza por el contrario por una mente cerrada, egocéntrica, afianzada a lo que considera “la verdad” y que, por tanto, no admite otros puntos de vista. Su principal actividad consiste en conseguir que otros piensen de la misma forma y crean en las mismas “verdades” siendo su método fundamental buscar fallos o defectos en el otro que es considerado un oponente, un enemigo de la única “verdad” posible. Su lema podría ser el “Extra Ecclesiam Nulla Salus”, es decir, “fuera de la Iglesia no hay salvación” que el papa Bonifacio VIIIestableció en una bula de 1302.
Con estas herramientas en la mano podemos ahora examinar los diferentes grupos, asociaciones, publicaciones o individuos que se autodenominan “escépticos” y comprobar si cumplen los criterios pertinentes asignando consecuentemente la denominación de “pseudoescépticos” a quienes afirmando serlo no satisfagan las condiciones básicas mencionadas. Cabe añadir que todos ellos conformarían un grupo con elementos suficientes para ser calificados de miembros de una secta cuya característica más genuina y sobresaliente sería el “fundamentalismo científico”. Así lo define Emmanuel Lizcano“También nosotros tenemos nuestra particular forma de fundamentalismo, es decir, ciertas creencias incuestionadas e incuestionables, ciertos absolutos que justifican cuantos sacrificios se estimen necesarios para su preservación, defensa y expansión. Incluso sacrificios humanos. Incluso el sacrificio de cualquier forma de vida diferente. Incluso, tal vez, el sacrificio de cualquier forma de vida, a secas. Me estoy refiriendo al fundamentalismo tecno-científico (...) Su bandera ha tomado el relevo del signo de la cruz en la secular empresa occidental de arrasar cualquier forma de vida diferente. Bajo los nombres sucesivos de progreso, desarrollo y –actualmente- modernización se viene desplegando un mismo proyecto de dominio y uniformización a escala planetaria”. 

LOS ORÍGENES 

En 1976 Paul Kurtz -un profesor de Filosofía que abandonó sus ideas izquierdistas porque según afirma su experiencia en la Segunda Guerra Mundial le enseñó “el peligro de la ideología”- fundó bajo el patrocinio de la Asociación HumanistaAmericanay junto al profesor de Sociología Marcello Truzzi y otros autodenominados “escépticos” el Committee for the Scientific Investigation of Claims of the Paranormal (CSICOP); es decir, el Consejo para la investigación científica de lo paranormal, organización dedicada en principio a la actividad que proclama su nombre y cuyo órgano de expresión es la revista Skeptical Inquirer (El investigador escéptico) y, más recientemente, Pensar (para los países de habla hispana). Inmediatamente después comenzaron a aparecer organizaciones similares en otros países, tanto en Sudamérica como en Europa.
Algunos miembros destacados del CSICOP son o han sido los escritores de ciencia ficción Isaac Asimov y Sprague de Camp -autor de las historias sobre Conán el Bárbaro-, el filósofo y autor de varios libros sobre matemáticas recreativasMartin Gardner, el controvertido paleontólogo Stephen Jay Gould, el codescubridor de la estructura del ADN Francis Crick, el mago James Randi, el divulgador científico Carl Sagan y el autor de Walden Dos B. F. Skinner. Siendo en el 2006 cuando el CSICOP pasó a denominarse Comité para la Investigación Escéptica (CSI por sus siglas en inglés de Committee for Skeptical Inquiry).
Ahora bien, apenas un año después de la fundación del CSICOP se produjo un acontecimiento revelador: uno de sus principales fundadores, Marcello Truzzi, abandonó la organización. ¿Por qué? Pues porque sus colegas rechazaron su propuesta de incluir en los debates y publicaciones la opinión de quienes se mostraban partidarios de lo paranormal. Truzzi consideró que aquel rechazo no casaba con la esencia del escepticismo que consiste -como antes explicamos- en examinar las teorías y no rechazarlas sin más. De ahí que llegara tachar a sus antiguos colegas del CSICOP de “pseudoescépticos” y fundara la revista Zetetic Scholar dando con ello comienzo a una nueva corriente, el “zeteticismo” (retomando así la antigua denominación utilizada por los filósofos helenísticos), que marcaría la diferencia con quienes a su juicio habían usurpado el término “escepticismo”.
Esta división -producida en los primeros tiempos del movimiento escéptico- nos permite visualizar lo que sería la característica fundamental de ese grupo hasta hoy: utilizan un discurso escéptico y se autocalifican de escépticos pero en realidad actúan como dogmáticos. De ahí que el método más eficaz y simple de desenmascarar a un falso escéptico sea el de comparar lo que dicen con lo que hacen. Porque su discurso suele estar adornado con la terminología que hemos analizado -“escepticismo”, “pensamiento crítico”, “reflexión” y otros conceptos parecidos- pero su actividad se centra en ladefensa a ultranza de los dogmas en los que creen. Truzzi, que los conoció bien, explicaría la diferencia con claridad: “Los escépticos dudan, los pseudoescépticos niegan”.
Posteriormente la secta pseudoescéptica añadiría otra estrategia característica que viene a facilitar aún más su reconocimiento: el uso del ataque personal y la difamación. Siendo la descalificación más utilizada lo que podríamos denominar “monopolio del especialista” que consiste en afirmar que sólo los “científicos” pueden hablar de Ciencia y sólo los médicos de cualquier cosa que se relacione con la salud. Un planteamiento irracional y absurdo que sin embargo suele calar entre los seguidores habituales de la secta, desprovistos como están ya de la capacidad de razonar. Es evidente que aplicar este principio haría imposible lo que de boquilla defienden los pseudoescépticos, es decir, acercar la ciencia a la sociedad. Porque, ¿quién debe comunicar una noticia científica? ¿Un científico o un periodista? ¿Quién debe enseñar a los escolares los rudimentos de las ciencias? ¿Un científico o un maestro? Con sólo dos segundos de reflexión podemos concluir que el argumento podría plantearse en contra de quienes lo utilizan como arma arrojadiza ya que la labor del científico es investigar y no escribir noticias o dar clases en la escuela primaria. De la misma forma que la labor del periodista es la de comunicar noticias y la del maestro trasladar a sus alumnos los elementos básicos de las ciencias junto con los del resto de las materias. Sería absurdo decir que un maestro no puede enseñar a sumar y restar porque no es matemático, no puede explicar el sistema solar porque no es astrónomo o no puede hablar a sus alumnos de la tabla periódica porque no es físico. 

EUROPA Y ESPAÑA

En Europa los diferentes grupos pseudoescépticos llevan veinte años celebrando congresos. A pesar de lo cual -según reconocen en su blog europeo (www.ecso.org)- “no han podido iniciar una verdadera campaña para reforzar la cooperación entre los escépticos de Europa”. Afortunadamente para el verdadero pensamiento crítico el dogmatismo debe pesar tanto sobre los hombros de los creyentes que no se muestran muy espabilados a la hora de organizarse. El último congreso lo celebraron en octubre de 2010 en Londres y dedicaron importantes espacios a debatir estrategias para superar esa carencia. Toda la información puede consultarse en la web de ECSO (European Council of Skeptikal Organisations, Consejo europeo de organizaciones escépticas).
En España el movimiento autodenominado “escéptico” se configura en torno a dos organizaciones: la Alternativa Racional a las Pseudociencias-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico (ARP-SAPC)que preside Félix Ares de Blas y el Círculo Escéptico cuya cabeza visible es Luis Alfonso Gámez. Ambas tienen un origen común y socios compartidos. Según cuenta uno de los protagonistas, el movimiento escéptico organizado en España data de febrero de 1985 cuando un grupo de amigos “vinculados al colectivo de Cuadernos de Ufología” elaboraron una nota de prensa para denunciar la comercialización del fenómeno OVNI y crearon poco después la Alternativa Racionala las Pseudociencias que posteriormente se denominaría Alternativa Racional a las Pseudociencias-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico.
Y basta examinar los estatutos y manifiestos fundacionales de esas organizaciones para comprobar de inmediato cómo se prodigan en la utilización de ese vocabulario aparentemente crítico que responde a la etiqueta que usurpan: la de “escépticos”. En efecto, la presentación del Círculo Escéptico (http://www.circuloesceptico.org) dice: “Nuestro compromiso será investigar de modo objetivo, siguiendo la metodología científica y la de las disciplinas humanísticas (...) sin aceptar ni descartar a priori explicación u opción alguna (...) Deseamos fomentar la conciencia reflexiva e inquisitiva (...) y dar pie a una sana corriente de opinión informada, creativa y escéptica ante el engaño, la manipulación y la difusión de creencias falsas”. Estas mismas frases se repiten literalmente en sus estatutos.
En cuanto a ARP en su manifiesto ¿Por qué somos escépticos? dicen: “La razón no ha de aceptar algo como cierto sólo porque lo diga mucha gente o porque lo diga gente muy importante (...) Siempre hay que detenerse ante una afirmación cualquiera y dudar sobre si es o no cierta (...) Lo mejor ante una afirmación extraordinaria es sopesarla con cuidado antes de darla por cierta”. Y en el Editorial del número 1 de la revista El Escéptico esta organización dice bajo el epígrafeFomentar la reflexión y la dudalo siguiente:“El movimiento escéptico español reclamaba desde hace tiempo una mayor amplitud de miras”.
Como se ve un discurso impecable que muchos nos sentiríamos tentados de firmar... si estuviera respaldado por una práctica real y efectiva. El problema es que esa fachada se viene abajo apenas profundizamos un poco más, leemos algunos textos publicados por esas organizaciones o escuchamos las declaraciones de sus portavoces y socios. 

LOS “CRUZADOS DE LA CIENCIA” 

En realidad los miembros y simpatizantes de ARP y del Círculo Escéptico utilizan habitualmente un vocabulario bélico que bien podría denominarse de “guerra Santa”; es decir, expresiones que mezclan la ética militarista con la paranoia salvífica propia de predicadores iluminados. Así, son frecuentes expresiones descalificadoras como “enemigos de la razón”, “el enemigo” a secas, “ola de irracionalidad”, “ondas de histeria que inundan la geografía española” o “ejércitos del oscurantismo” para referirse a quienes ven como “enemigo a batir”: todos los que no comulgan -nunca mejor dicho- con susdogmas de fe.
Por momentos parecen incluso al borde del pánico victimista: “Más que la batalla estamos perdiendo la guerra contra la irracionalidad”. Pero, por encima de todo, a esa retórica de milenarismo cientificista añaden la más mundana y directa consistente en la difamación y el ataque personal (que en algún caso les ha llevado a los tribunales) o el recurso a lugares comunes y ripios de insultante vulgaridad. Y es que para ellos quienes proponen aproximaciones alternativas a sus creencias “promueven la credulidad ajena para obtener más dinero con sus libros, vender sus curas mágicas o cobrar por sus participaciones en radio, televisión y prensa”. De ahí que acusen por ejemplo a la Ligapara la Libertad de Vacunaciónde “indeseable”, a quienes critican las vacunas de decir “puras y simples estupideces” o a los críticos de la versión oficial del SIDA de “negacionistas estafadores”. Y así sucesivamente...
Tenemos un reciente ejemplo en boca del ex Rector de la Universidad del País Vasco Juan Ignacio Pérez. Éste, con motivo de la creación de una “cátedra de cultura científica” dotada con 125.000 euros por la Diputación de Vizcaya -que según el blog de Luis Alfonso Gámez servirá “para luchar contra la irracionalidad”-, dijo: “A quienes creen que vale lo mismo el pensamiento científico que la magia les invitaría a que se tiraran de un décimo piso y, mediante un sortilegio, echaran a volar y vieran cuál es el resultado”. Y añadió: “Hay actitudes de rechazo a lo científico muy peligrosas porque pueden ser el caldo de cultivo de movimientos que pongan en riesgo la sociedad democrática”.
Como se ve, las manifestaciones de autodescalificación son tan escandalosas que apenas es preciso añadir comentarios. 

INICIATIVAS PSEUDOESCÉPTICAS 

Pero donde queda reflejada sin lugar a dudas la actitud y el auténtico talante de los pseudoescépticos es en sus actividades, en las iniciativas que vienen poniendo en marcha y difundiendo a través de sus páginas web y algunos medios de comunicación afines. Desde hace diez años, por ejemplo, el Círculo Escéptico viene impulsando un curso sobre Ciencia y Pseudociencias organizado e impartido en la Universidadde La Laguna (Tenerife) cuyo supuesto objetivo es “la superación del oscurantismo y la superstición” y con el que los organizadores dicen pretender aportar al alumnado “un mínimo blindaje intelectual, necesario ante la avalancha de pseudociencias y creencias irracionales que azota nuestra sociedad”.
Otra iniciativa del Círculo Escéptico fue la solicitud que hizo formalmente a la Comisiónde Sanidad del Congreso para que no se permita legalmente ejercer la Homeopatía y se adopten medidas que aseguren el monopolio en el ámbito de la salud de la medicina alopática o farmacológica. Es de suponer que ésa es su forma de materializar la “amplitud de miras” de la que presumen.
La Alternativa Racional a las Pseudociencias-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico (ARP-SAPC), por su parte, elaboró un manifiesto en la misma línea titulado “por una Sanidad que proteja nuestra salud sólo mediante terapias de eficacia comprobada” en cuyo texto aclaran que éstas son las terapias de la Medicina “que se utiliza en la sanidad pública, la que se enseña en las universidades y la que se estudia y trabaja en los laboratorios de investigación más avanzados”.Sólo les faltó aclarar que son las terapias que comercializan las más poderosas empresas multinacionales, aclaración sin duda importante porque de lo contrario dado el fracaso absoluto de la Medicina “que se enseña en las universidades” para resolver la mayoría de los problemas de salud podría malinterpretarse el título del manifiesto. A fin de cuentas los médicos de “facultad” ignoran la causa de la inmensa mayoría de las llamadas “enfermedades” y no saben ni prevenirlas ni curarlas. Y no lo decimos nosotros: lo reconocen ellos mismos.
A pesar de lo cual los dogmáticos pseudoescépticos han montado también una página especialmente dedicada a denigrar a las universidades que se atreven a llevar a la práctica los auténticos principios del escepticismo y del pensamiento crítico y encima cumplen con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Es decir, se dedican a vilipendiar a los responsables de las universidades que dan cabida a planteamientos y enfoques alternativos en diversos campos del conocimiento. La página en cuestión se titula La lista de la vergüenza y puede consultarse enhttp://listadelaverguenza.blogspot.com.
Otra “entrañable” iniciativa de la ARP-SAPC se llama “escolARP”… y sí, es lo que parece. Se trata de la antigua asignatura franquista de Formación del Espíritu Nacional reciclada y puesta al día para adoctrinar a nuestros escolares inculcándoles las bondades pseudoescépticas. El proyecto comienza –como ya es habitual- con otra muestra de fachada biensonante haciendo propuestas como “desarrollar el pensamiento crítico”, “invitar a la reflexión” overpelículas que“sugieran más preguntas que respuestas” a fin de alertar a los alumnos –no podía faltar la correspondiente ración de paranoia dogmática- de que van a encontrarse con“fuentes incesantes de sandeces”, “torrentes de falsedades” y “caminos de datos llenos de trampas”.
Aunque cuando la ARP-SAPC se supera a sí misma es cuando expresa su voluntad de llevar la salvación a “este país tan carente de formación científica”. Por eso en un texto que titulan Manifiesto por la cultura veraz denuncian el empeño de los medios de comunicación de realizar “especulaciones absurdas”, “prestar oídos a pseudocientíficos” o proveer de “datos o análisis manifiestamente erróneos o contrarios a los hechos conocidos”… Por lo que, tras párrafos y párrafos de pura demagogia, terminan pidiendo ciertas medidas bajo el lema “el conocimiento os hará libres” (eso sí, no especifican qué conocimiento). Medidas que incluyen la “eliminación de programas pseudocientíficos”, la “eliminación de secciones basadas en la superstición” y -la mejor de todas- su “asesoramiento o supervisión en materias relacionadas con el conocimiento por parte de expertos externos e independientes en las correspondientes materias”. En fin, desconocemos si van a pedir que vuelva a entrar en vigor la Leyde Prensa de 1938 pero todo parece indicar que hay cierta receptividad a sus propuestas; al menos por los responsables del anteproyecto de la Ley General de Salud en la que según denunciaron en diciembre pasado varios diarios españoles se quiereincluir –está previsto en su artículo 59.5- la posibilidad de que el Ministerio de Sanidad pueda prohibir informaciones y anuncios sobre salud emitidos en cualquier medio de comunicación que no se ajusten a criterios de veracidad o que puedan suponer un prejuicio para la salud”, Es decir, en el ámbito de la salud se quiere establecer la censura pura y dura. Y para preparar el terreno han comenzado ya a atacar a los periodistas honestos e independientes que se atreven a conceder espacios a planteamientos e ideas alternativas. Tal es el respeto y la ética de quienes forman parte de estos grupos de pseudoescépticos que, parafraseando al procónsul Juliano, hacen lo que hacen “en nombre de lo bueno y verdadero aprobado por muchos hombres sapientísimos”. 

REPERCUSIONES Y DETERIORO INTELECTUAL 

Con todo, esta situación no sería alarmante si no fuera por las gravísimas consecuencias que el fanatismo científico de tales individuos puede tener sobre la sociedad; tanto por lo que supone de obstáculo al progreso auténtico del conocimiento y de la Ciencia como, muy especialmente, de lo que se refiere a todo lo relacionado con la salud y la ecología. Porque los ataques que estos grupos de falsos escépticos vienen llevando a cabo contra todo lo que signifique enfoques alternativos a la medicina farmacológica sostenida por las multinacionales están privando a muchas personas de la posibilidad de conocer alternativas no agresivas y eficaces para resolver sus problemas de salud. Y, por tanto, atentan contra la libertad de elección en lo que concierne a cuestiones trascendentes; a veces, de vida o muerte.
El propio Mario Bunge –al que constantemente aluden los falsos escépticos y a quien han nombrado incluso socio de honor de sus organizaciones- declaró en una reciente entrevista realizada por el Dr. Daniel Flichtentrei para IntraMed que“desgraciadamente las facultades de Medicina atiborran a los estudiantes con datos, no les hacen hacer experimentos ni los habitúan a discutir hipótesis”. Y cuando el entrevistador pregunta qué obstaculiza el diálogo entre los médicos y los científicos básicos y de las ciencias sociales Bunge responde: “Escasez de tiempo, arrogancia y especialización excesiva”.
Lo lamentable es que la defensa irracional que estos grupos hacen de determinadas posiciones aparentemente científicas -que sospechosamente vienen siempre a apoyar los intereses de grandes multinacionales- supone ya serios peligros para la salud de muchas personas e, incluso, para el futuro del planeta.
Magonia, el blog de Luis Alfonso Gámez, es un ejemplo destacado de lo que decimos. Se trata de un catálogo de estrategias, trampas, tergiversaciones y falacias argumentales aderezadas con descalificaciones, insultos, injurias y difamaciones. De hecho toda persona que no comparte sus creencias esta poseído por el “irracionalismo”, la “ignorancia” o la “superstición”. Y quien se atreva a plantear alguna clase de idea o teoría alternativa o una crítica a lo establecido es “un vendedor de misterios”, un “conspiranoico”, un “traficante de misterios”, un “brujo”, un “curalotodo” o un “charlatán”. Es más, convencido de que insultar e injuriar en España es rentable porque suele salir gratis hace afirmaciones intolerables sobre personas que simplemente expresan respetuosamente opiniones o teorías… sólo porque difieren de los dogmas que él defiende.
Y así, descubrimientos que han salvado incontables vidas como el de René Quinton se despachan por ejemplo enMagonia con este comentario que deja bien a las claras el grado de inquietud intelectual de quien lo profiere: “La idea de Quinton de que nuestro supuesto océano interno ha de mantener las mismas condiciones que el mar del que salieron los primeros animales terrestres es una paparrucha”.
Asimismo, en el blog El fondo del asunto arremeten contra la Acupuntura y la Homeopatía argumentando que sus supuestos éxitos se deben al efecto placebo contradiciendo lo que sobre ellas dice ¡la propia OMS! a la vez que insultan con ello a las decenas de miles de médicos convencionales que utilizan ambas terapias en sus consultas. Hasta pretenden desacreditar lo dicho en el reciente Congreso Ciencia y Espíritu celebrado en España con el peregrino argumento de que sus participantes “no se ponían de acuerdo” demostrando el desconocimiento absoluto de lo que significa un debate. Y es que están acostumbrados a la unanimidad de los dogmáticos.
Y en otro blog del círculo pseudoescéptico -El retorno de los charlatanes, en cuyo encabezamiento se dice en letras grandes Cuestiónalo todo- se explica por ejemplo que la medicina oficial usa “medicamentos” ytodos los demás “pócimas”. Los primeros son médicos y los demás “brujos, sanadores, chamanes, curanderos y otros arañaparedes”.
Otro ejemplo lamentable de actitud temeraria lo constituye lo que se dice en el blog Apuntes transgénicos de la web de laARP-SAPC sobre la manipulación genética y los transgénicos. Porque en ella se afirma literalmente: “No hay riesgos = NO HAY RIESGOS. Nada, cero, ni de coña, ni siquiera teóricos”.
La mentira está ahí fuera–nombre que condensa por sí sólo la esencia del dogmatismo y que me atrevo a sugerir hubiese sido el nombre que el procónsul Juliano hubiese elegido para su blog- dedica un post a “la negación del SIDA” en el que utiliza las siguientes trampas para suplir la falta de argumentación contra los críticos del SIDA: descalificación de la revistaDSalud -“el peor enemigo de la salud”- y ataque personal a su director –uno más-, descalificaciones personales de dos colaboradores de la revista aduciendo que no son médicos -ya hemos comentado el prejuicio de “monopolio del especialista”- y descalificación de la crítica argumentada del Grupo de Perth por no haber sido aceptada para su publicación en Nature (ya hemos podido comprobar que los escépticos patológicos que supuestamente dudan de todo no dudan de la objetividad y ecuanimidad de las revistas científicas). A estas descalificaciones y ataques personales se suma, como ya es habitual, una absoluta ausencia de argumentación.
El “negacionismo del SIDA” viene ocupando cierto espacio en las tareas de estos “cruzados de la ciencia” como puede comprobarse con una simple búsqueda en Google. Siendo quizás uno de los posts más llamativos -por su falta de escrúpulos- el que recoge una entrevista a Lucas Sánchez, colaborador del diario Públicoque no duda en regodearse en la desgracia ajena con unas declaraciones tan obviamente improcedentes que no merecen comentario aunque son elevadas a rango de titular por el blog La ciencia y sus demonios“A muchos negacionistas del SIDA la muerte les ha puesto en su sitio”.
En relación con este asunto el blog de Yamato se permite el lujo de aludir al Código Penal. Quizás estos pseudoescépticos, en su sagrada ceguera, no se han planteado lo que puede ocurrir si los afectados consiguen que un juez se pronuncie sobre quienes les venden, defienden, recomiendan, recetan e incluso les presionan para que tomen “antivirales” en relación con el punto primero del artículo 248 de ese código que dice: Cometen estafa los que, con ánimo de lucro, utilizaren engaño bastante para producir error en otro, induciéndolo a realizar un acto de disposición en perjuicio propio o ajeno”.O –para los casos de embarazadas a las que se administra rutinariamente productos que los propios fabricantes consideran mutagénicos- en relación con los artículos 157 y 158: El que, por cualquier medio o procedimiento, causare en un feto una lesión o enfermedad que perjudique gravemente su normal desarrollo, o provoque en el mismo una grave tara física o psíquica, será castigado con pena de prisión de uno a cuatro años e inhabilitación especial para ejercer cualquier profesión sanitaria, o para prestar servicios de toda índole en clínicas, establecimientos o consultorios ginecológicos, públicos o privados, por tiempo de dos a ocho años. El que, por imprudencia grave, cometiere los hechos descritos en el artículo anterior será castigado con la pena de prisión de tres a cinco meses o multa de seis a 10 meses. Cuando los hechos descritos en el artículo anterior fueren cometidos por imprudencia profesional se impondrá asimismo la pena de inhabilitación especial para el ejercicio de la profesión, oficio o cargo por un período de seis meses a dos años”.
Obviamente hemos dado sólo unos cuantos ejemplos pero permiten hacerse una idea del daño que estos grupos están haciendo a la sociedad, enquistados como están en posiciones retrógradas que representan siempre el status quo y los intereses de poder globales. Lo que lleva a preguntarse qué impulsa a esas personas a actuar de ese modo. Evidentemente no debemos especular sobre los motivos individuales que cada uno de ellos pueda tener para actuar así pero cabe la posibilidad legítima de aportar algún elemento que puede contribuir a la reflexión. Porque ya en los años 30 del pasado siglo XX Wilhelm Reich propuso el concepto de “plaga emocional” para explicar ciertos comportamientos irracionales. Según él es la necesidad de imponer la idea propia lo que hace que algunos individuos traten -en toda circunstancia y por cualquier medio- de modificar el entorno para que su forma de vivir y pensar permanezcan intactas; personas que hablan de valores culturales que deben ser mantenidos y se enfurecen cuando alguien pretende llevar eso a la práctica social; personas que intentan aniquilar a toda costa a quienes ponen en duda sus verdades. En suma, una persona afectada por la “plaga emocional” se distingue por desplegar una acción destructiva contra lo social.
El propio Carl Sagan –quizás la efigie más enarbolada por los pseudoescépticos hasta el punto de haber instituido el día del aniversario de su muerte como Día mundial del escepticismo- escribiría en 1987 un artículo que tituló La carga del escepticismo (el lector puede consultarlo en la revista Espacial.org cuya web eshttp://www.espacial.org/miscelaneas/opinion/sagan1.htm) en el que decía lo siguiente: “Lo que se necesita es un equilibrio exquisito entre dos necesidades conflictivas: el mayor escrutinio escéptico de todas las hipótesis que se nos presentan y, al mismo tiempo, una actitud muy abierta ante las nuevas ideas (...) Si sólo puedes ejercitar una de ellas, sea cual sea, tienes un grave problema”. Y no digamos, añadiremos nosotros, cuando no puedes ejercitar ninguna de las dos. Sagan continuaría diciendo: “Si sólo eres escéptico entonces no te llegan nuevas ideas. Nunca aprendes nada nuevo”. Lo cual es tan de sentido común que explica por qué los pseudoescépticos de los que hablamos llevan años erre que erre con sus “catecismos” y no logran derrotar la, según ellos, “ola de oscurantismo que nos invade”. De hecho el propio Sagan lo dejó claro: “Y es precisamente la mezcla de estas dos maneras de pensar el motivo central del éxito de la ciencia. Los científicos realmente buenos practican ambas”. En fin, es obvio que vamos a quedarnos sin saber cómo calificaría Carl Sagan a los que no practican ninguna; es decir, a estos pseudoescépticos que le adoran pero no han hecho el más mínimo caso de lo que postulaba.
De hecho había otra advertencia crucial en el texto que comentamos de Sagan: “A veces ocurre que las ideas que son aceptadas por todo el mundo resultan ser erróneas”. Convicción que no aceptan sus supuestos seguidores que cuando deciden esgrimir algo que se parezca a un argumento -en lugar de recurrir sin más a la descalificación o al insulto- siempre alegan lo de que “la mayoría de los científicos” dice tal cosa o “hay amplio consenso entre los científicos” en torno a tal otra. Intentando hacer creer que alguna vez los científicos del mundo en sus distintas especialidades se han reunido realmente para compartir sus conocimientos en foros abiertos e independientes a los que han acudido masivamente para llegar a acuerdos o consensos. Cuando tal cosa no ha ocurrido jamás. Lo único que han existido –y existen- son congresos manipulados donde los organizadores deciden imponer sus “verdades” a algunos colectivos que acuden mansamente como borregos a escuchar lo que les van a contar solo porque les pagan el viaje, el trasporte y el hotel además de organizarles divertidos saraos y excursiones a los que acuden con las “dietas” que encima reciben. Un “negocio” suculento que permite luego decir cosas del estilo de “Diez mil oncólogos reunidos en”… “han llegado a la conclusión” o “proponen que…” y entonces se da a conocer el mensaje que ya se había elaborado antes del congreso por unos cuantos que, por supuesto, no han consultado para nada a ninguno de sus diez mil dóciles colegas que son de esa forma vergonzosamente utilizados.
En fin, no nos sorprendería que alguno de tales “fundamentalistas científicos” decida crear cualquier día en su blog un nuevo Index librorum prohibitorum con la lista de las obras que deberían prohibirse o quemarse. Obviando que todos los avances realmente importantes en el ámbito de la ciencia los han logrado personas a título individual y que muchos de ellos tuvieron que enfrentarse a sus colegas que les ridiculizaron abiertamente debiendo esperar la humanidad a que el tiempo llevara a la tumba a los prebostes de esa especialidad para que finalmente sus trabajos fueran reconocidos. A fin de cuentas buena parte de los auténticos prohombres de nuestra actual ciencia fueron en su día considerados herejes y vilipendiados por los fanáticos fundamentalistas de sus respectivas épocas.
Conviene por ello dejar constancia de que la mejor forma de superar determinados comportamientos exaltados es continuar con serenidad el trabajo de difusión de nuevas ideas y planteamientos -y de evaluación crítica y rigurosa de lo establecido- en defensa de la libre opinión y el derecho a discrepar de toda persona así como trasladar esos valores a nuestros hijos para evitar que se conviertan, como advirtió en su día Bertrand Roussell, en un “rebaño de fanáticos”. 
Jesús García Blanca


1 comentario:

Ricardo Aricó dijo...

Augusto Comte decía: "Nunca vamos a saber de que están hechas las estrellas". Le erró feo. Hoy, aunque nadie aun pudo tocar una, sabemos de que están hechas. Y es que eso es la ciencia. Las pruebas son prácticamente irrefutables, a pesar de que no son palpables. Y la ciencia también es equivocarse,... y luego corregirse, por supuesto. Porque para investigar, (la investigación es el germen de la ciencia) se debe partir inevitablemente de una presunción. Por supuesto que esta presunción no debe obnubilar al científico, el que deberá ser lo suficientemente flexible en su pensamiento y en sus convicciones para saber desviarse hacia donde lo lleve la investigación. Sino la presunción se transformará en un dogma y toda investigación solo estará orientada a afirmar lo que el científico creía antes de iniciar cualquier investigación. Pero sin dudas que la primera presunción es el motor de la investigación, o sea, de la ciencia. Y la presunción no existiría si no existiera el pensamiento. Aquí quería llegar. Mario Bunge decía: "El pensamiento no se detiene,... siempre que no sea pensamiento teológico". Es así Moscón. Esa es la diferencia entre ciencia y religión. En la ciencia, a pesar de los tontos, de los dogmáticos, de los idiotas útiles, de los interesados y malintencionados, podemos seguir avanzando, como en un río. En la religión estamos quietos como en un estanque. El estanque de la ignorancia. Coincido con casi toda tu publicación, pero la ciencia y la religión no son comparables, salvo en una cosa: a ambas las practica el ser humano. Y este es falible. Ricardo. Respuestas mínimas. blogspot. com